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Libros clásicos para lectores actuales

Hace días quedó impresa en mi mente la imagen de una vidriera. Desde entonces no he dejado de recordarla, hecho que me llevó a meditar lo que ofrezco en estas breves líneas. Se trataba de una librería de cadena, de las que anteponen las reglas del mercado en el momento de seleccionar las obras de su escaparate; razón por la cual, convivían en aquel sitio libros de autoayuda, manuales de cocina o de jardinería, ensayos de política y las últimas novelas. Interesante vidriera reconozco, atractiva y variopinta, que me entretiene cada semana mientras espero la luz roja del semáforo.
¿Cuál no fue mi sorpresa aquella tarde al reconocer en el mejor de los exhibidores, digamos a la altura de mis ojos en línea recta, sin requerir de mi voluntad el menor esfuerzo, varios tomos de las novelas y cuentos completos que sir Arthur Conan Doyle dedicara a su personaje Sherlock Holmes? ¿Cuál no sería, asimismo, mi perplejidad al identificar junto a ellos los volúmenes de las obras de Jane Austen? Al primero de los autores le tenía vistas, más o menos, unas cuatro ediciones diversas de los años recientes. Y otro tanto podría decir en cuanto a la dama.
 ¿Qué está sucediendo?, me pregunté. ¿Acaso los clásicos han vuelto a ser best-sellers? Pensé con alegría en las manifestaciones de lectores ansiosos que en el puerto de New York esperaban los ejemplares del Strand Magazine, queriendo conocer el final de alguna historia del gran detective. Pensé también en las nuevas versiones cinematográficas y televisivas de Orgullo y Prejuicio, Persuasión o Sensatez y Sentimientos, y en el valor de los medios audiovisuales (cuando así lo quieren) para difundir cultura y sembrar en la gente el interés por las letras.
La conclusión no tardó en llegar. ¡Se sigue editando estos libros porque hay lectores que desean leerlos! Pues los clásicos trascienden las modas de su tiempo y siguen generando resonancias en las personas, cualquiera sea su origen, edad o género.  Ésa es la fibra que tocan en nosotros: nos identificamos en ellos mientras que nos transmiten (echando mano de los estilos de otra época) reflexiones, inquietudes o cuestionamientos que se parangonan con los nuestros.
El que aún existan lectores para estas piezas literarias es una excelente noticia ya que nos habla de la apertura del “paladar” vigente. Además, unos clásicos pueden llevar a otros quizá menos conocidos por las exigencias de su forma, o porque no han encontrado, como lamentablemente pasa con nuestras grandes obras hispanas e hispanoamericanas, un canal de difusión tan efectivo como la pantalla grande o la emisión televisiva.
La literatura siempre ha sido para mí una ventana a la esperanza. Y a pesar del caos que percibo en el planeta global, sigo encontrando en ella el refugio que descubrí en la infancia y en la adolescencia leyendo, precisamente, estos mismos libros. ¿Cómo no alegrarme de que perduren y sigan deleitando a otros lectores? ¿Cómo resignarme a no ver en los canales de la TV local alguna producción de nuestras célebres obras?
© Mercedes Giuffré
30 de julio de 2011.

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