Libros digitales, ¿el fin o el comienzo?

Desde hace tiempo se viene debatiendo en torno de las ventajas y desventajas de los libros digitales. Proliferan las opiniones a favor y en contra, las voces de los “siempre apocalípticos” y de los “siempre integrados” ante lo nuevo: el libro digital será el fin de la industria editorial tal como la conocemos, vaticinan los primeros, la gente no puede leer de una pantallita del modo en que lo hacía en papel, y, por ende, se irá perdiendo el hábito de la lectura. Ya no se pueden subrayar, prestar o sacar de la biblioteca los libros que uno ama. La relación entre el sujeto y el objeto se ve sensiblemente trastornada. Este último, ya no puede tocarse, olerse o pasar de una generación a otra. No podemos guardar entre sus páginas alguna seca flor de primavera, etc, etc.
Del lado contrario, se sugiere que el libro digital hará más accesible la literatura a los usuarios, a causa de su bajo costo. Detendrá la tala indiscriminada, lo que contribuirá con la ecología. No habrá más libros “agotados o descatalogados”, y bastará con un clic para ahorrarse el viaje hasta la librería.
Evaluando el tema desde mi doble perspectiva de lectora y escritora, planteo otros interrogantes que me resultan de mayor importancia: ¿Afecta el cambio de formato, de manera sustancial, a la calidad literaria?
Personalmente, creo que no. Y que es aquí donde radica el meollo del asunto. Aunque por mi edad y formación, o incluso, debido a una inclinación personal, me simpaticen más los libros tradicionales, (¡y mejor cuanto más antiguos!).
El proceso de acostumbramiento a la lectura en los dispositivos electrónicos o en la pantalla del ordenador es resultado de un ejercicio constante, como lo fue el paso de la máquina de escribir al teclado electrónico, o el cambio de la hoja manuscrita a la hoja impresa. A mi juicio, es una cuestión de tiempo y generacional el hecho de que se imponga este nuevo “modo” de lectura. Pero no creo que la calidad de la escritura decaiga. Probablemente cambie, porque lo que está vivo cambia y se transforma. Pero no hay que verlo necesariamente como algo malo.
Ahora bien, me apena pensar en la posibilidad de que desaparezcan con el tiempo los espacios-refugio y espacios comunitarios que representan para mí las bibliotecas (privadas y públicas). Me pregunto si surgirá algo equivalente.



No creo que los libros en papel desaparezcan en forma definitiva. Sí pienso que, de manera paulatina, el libro digital irá ganando la pulseada. De nosotros depende adelantarnos a los hechos y sacar de ellos el mejor partido: tal vez, repensar aquellos espacios comunitarios de modo que sigan cumpliendo con su rol (importantísimo) en la sociedad.
Pero además, el trabajo que tenemos los adultos sigue siendo fomentar la lectura en los más chicos. Propiciar el pensamiento crítico y la formación intelectual. Este desafío no caduca, aunque cambien los formatos. Pues si los lectores del mañana (cada vez más cercano) no están desarrollados intelectualmente, la culpa no será de los libros electrónicos o de la tecnología, sino de los planes educativos.

© Mercedes Giuffré
21 de julio de 2011.