¿Por qué leemos?

Se habla mucho de un tiempo a esta parte de la lectura como mera actividad del ocio, lo cual me plantea una interesante disyuntiva para comenzar a escribir mis pensamientos en este blog.
Placentera sí lo es, desde luego. Sobre todo cuanto más se la practica y se accede a textos que, aun modestos en la forma, alcanzan mayor profundidad intelectual. La lectura (y en especial la de las grandes obras que el tiempo ha decantado, sin por eso desdeñar lo nuevo) es un ejercicio de apertura mental y espiritual.
Creo que debería ser (y lo ha sido para mí) una actividad vital, casi como respirar o alimentarse materialmente. Y que la escuela, cuando no el entorno familiar, es la encargada de mostrarnos este placer durante los primeros años de nuestra formación.
Está bien que la literatura entretenga (y en esto remito a Roland Barthes y su célebre ensayo sobre “El placer del texto”). Los latinos hablaban del “educar deleitando” como premisa para hacer de una obra algo valuable.
Pero no sólo debería tratarse de un “entretenimiento” a secas, sino de un mecanismo de anagnórisis que opere finalmente de catarsis en el lector, en el sentido que los griegos otorgaban a este término. Leer, entonces, para reconocernos en nuestra humanidad. Y un paso más, porque la lectura nos libera.
Leer nos hace seres pensantes pues despierta una parte adormecida de nosotros, distraída por el incesante desfile de novedades a nuestro alrededor o, incluso, de su contrapartida: la rutina aplastante.
La literatura, cuando es auténtica, modela la sensibilidad, abre las mentes, y por qué no, educa en los valores humanos (estéticos y éticos). Principalmente, en el valor de la libertad (que sólo puede sustentarse en un pensamiento crítico e individual).
También en el valor de la igualdad, que se nutre en la aceptación del “otro”, no como proyección de uno o inferior por ser distinto, sino como ser autónomo a quien se debe descubrir en lugar de cubrir.
La literatura (de ficción y no ficción), cuando es sincera y no una manifestación del ego que busca adulación; o sea, cuando implica una búsqueda interior de quien escribe por comprender, al menos un poco, el universo y el sentido de la vida, desarticula los prejuicios. Abre una ventana a la alteridad. A las otras culturas y a la propia, vista en diferentes perspectivas. Por lo tanto, prepara para el diálogo y la comunicación.

¿Qué será de las sociedades que dejen de ejercer dicho pensamiento crítico y dicha formación de la sensibilidad para vivir en la mera distracción (o diríamos en mi país, en la “pavada”: la condición superflua que atonta la mente hasta atrofiarla)?
El gran Camus nos lo advierte en el último párrafo de su novela La Peste (ergo, la bestialidad humana):
“Sabía lo que la muchedumbre en fiesta ignoraba y puede leerse en los libros, a saber: que el bacilo de la peste no muere ni desaparece nunca, que puede permanecer adormecido durante años (…) y que quizá llegue un día en que, para desdicha y enseñanza de los hombres, la peste despierte sus ratas y las envíe a morir en una ciudad alegre”.
© Mercedes Giuffré
6 de julio de 2011.