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Memoria I

Recuerdo una tarde de la infancia. La familia se había trasladado a un departamento de la calle Paraná. Desde hacía poco tiempo me estaba permitido salir sola para hacer algún mandado o volver de la escuela. Mis ojos veían la realidad a través de un velo infantil que a ratos se descorría para que el mundo me enseñara sus miserias. Había cumplido ya mis once años.
Ocupaba las tardes escuchando a los Beatles en el viejo tocadiscos de mi dormitorio. Aquella vez, sin embargo, el sol se había dignado aparecer después de días de cielo encapotado y sentía la necesidad de oxigenarme. Aduje cualquier pretexto; tal vez una golosina que le compraría a don Ángel, el quiosquero de la cuadra, y eché a andar sin objetivo, descubriendo las fachadas de los edificios.


No había caminado media calle cuando advertí, en la vereda que se enfrentaba con la mía, la entrada de un local oscuro. Su cartel estaba tan gastado que apenas podía leerse: librería. Recordé que alguien en casa había mencionado lo "lúgubre" de aquel sitio, aunque desconocía el significado de la palabra.
El lugar me atraía con extraño magnetismo. Su única ventana, cubierta por una cortina americana, no permitía ver el interior. La puerta de acceso, al abrirla, accionó una campanilla sin que nadie acudiera a mi llamado. Había mesas atiborradas de ejemplares y pilas de libros que empezaban en el suelo y acababan muy por encima de mi cabeza. El aire olía a papel viejo.
Noté que algo se movía entre los ejemplares: un gato aterciopelado que vigilaba con expresión recelosa.
–¿Buscás algo en particular? –escuché decir a una voz, aunque tardé en descubrir su procedencia. Oculto entre las torres de libros (la mayoría antiguos), un anciano me observaba tras sus lentes diminutos. Achinaba los ojos de miope, curvaba los labios apenas visibles entre tanto pelo blanco de una barba tupida, y sostenía en la mano una pipa apagada.
A punto estuve de huir, pero mis pies no se movieron. El hombre se percató de mi susto.
–Los libros para chicos están en el subsuelo –agregó. Y yo recordé que la bruja de Hansel y Gretel había hecho que los niños se metieran solitos en la jaula. Pensé en las advertencias de mis padres de no hablar con extraños, pero igual descendí las escaleras. No sé por qué lo hice.
Aquel sótano resultó del todo inesperado. Había tantos volúmenes que mis ojos no acababan de posarse en uno que ya otro reclamaba su atención. El gato me había seguido. Tomé un libro con la misma ansiedad con que se abre el envoltorio de un chocolate. Busqué el precio garabateado en la primera página y vi que podía costearlo. Comprendí, no obstante, que mis padres se enojarían al saberse desobedecidos, de modo que regresé a la planta superior con las manos vacías.
–Entiendo que a tu madre le agradan las novelas de espionaje –musitó el viejo, ahora con la pipa encendida. Su imagen se hizo difusa tras una espiral de humo que le brotó de la boca–. Llevale ése –señaló un ejemplar.
–¿Conoce a mi madre? –pregunté con asombro. Él sonrió, sin responder. El aire se impregnó del dulzor de su tabaco. 
     Pensé en quedarme un rato más, pero supe que no debía. Tomé lo que me había indicado, dejé el dinero sobre una de las pilas y me lancé a la calle sin volver la mirada.
En casa estaban preocupados y no logré evitar que me regañasen. Entregué a mi madre su regalo y fue peor, porque quedó en evidencia mi aventura. Sin embargo, algo hizo que su voz se suavizara al ver que se trataba de un libro de espionaje: La chica del tambor, de John Le Carré. ¿Cómo se te ocurrió?, quiso saber. Entonces le hablé del viejo, del subsuelo y del ejemplar que yo había sacrificado. 
Al día siguiente, cruzamos la vereda. El local estaba cerrado y un cartel,  el mismo en el que yo había leído que decía “librería”, anunciaba su venta.
–Ahí vivió una vez el mejor librero del barrio –nos dijo el portero de nuestro edificio–, gran observador. Se dice que reconocía los gustos de cada lector con sólo mirarlo. Hace años que murió. Cada tanto algún vecino imagina que lo ve.
Mi madre elevó una ceja con incredulidad. Por un instante, reconocí la duda en sus ojos. Apretó después mi mano con la suya y nos alejamos. Jamás me pidió una explicación. Desde luego, no hubiese podido dársela.

© Mercedes Giuffré
14 de agosto de 2011.

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