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El testamento de Rodin

En más de una ocasión he juzgado la labor del escultor y la del novelista como equivalentes. Tanto uno como el otro se hallan ante el vacío y lo enfrentan trabajando a partir de un bloque (de mármol, por ejemplo, de papel o las páginas del ordenador), en el cual proyectan figuras y situaciones para luego cincelarlas, pulirlas, limarlas y darles un acabado que las integre.
     Tal vez por esta semejanza que percibo en la dedicación y el sacrificio de ambos, es que el legado y los consejos del francés Auguste Rodin (escritos en su testamento artístico) me resultan desde hace tiempo un incentivo; incluso un consuelo. El arte es uno solo, me repito, ramificado en disciplinas.
     “Amen devotamente a los maestros que los precedieron”, comienza diciendo, porque “la admiración es un vino generoso para los nobles espíritus”. Llevado al plano de la escritura, se me ocurre que esto se condice con la idea de que todo autor es antes un gran lector. Leer a los clásicos nos abre el paladar, ejercita la sensibilidad y amplía el vocabulario y el espíritu. Sin embargo, advierte también Rodin sobre el peligro de la idolatría: “Guárdense de imitar a sus mayores. Respetuosos de la tradición, sepan discernir lo que ella contiene de eternamente fecundo: el amor a la Naturaleza y la sinceridad”. Lo que importa, sugiere, es descubrir la propia mirada. O la propia voz.
     “Estudien religiosamente, y no podrán dejar de encontrar la verdad”. La obra no surge espontánea, sino que es el resultado de una búsqueda interior que se alimenta con el estudio. Porque, diría el filósofo Parménides, nada surge de la nada. Primero hay que observar el mundo y dar lugar a la reflexión. Contra esto atenta, hoy día, la tecnología invasiva que nos desconcentra. Y es menester poner un límite a su intrusión en nuestras horas de mayor rendimiento. Desentendernos un rato del exterior para conectarnos con nuestra interioridad. 


     “Trabajen con encarnizamiento”. He aquí una de los lemas más difundidos del escultor francés: Trabajar, trabajar, siempre trabajar. Porque la vida se nos pasa en tontas distracciones, sin que rindamos el fruto para el que estamos en el mundo. Ése que marca una diferencia entre el mero transcurrir y el dejar algo, por modesto que sea. El artista o escritor es un trabajador, no un semidiós o un genio al que la musa toca  ni un demiurgo que crea sin dolor. Toda creación literaria (y artística) es el equivalente de un parto y por ende, implica cierto sufrimiento. “Ejercítense sin descanso. Es preciso extenuarse en el oficio –insiste Rodin–. No cuenten con la inspiración. Ella no existe”.
     “El arte exige decisión”. En ese sentido, es también una gran lección de vida, porque dedicarse a él implica renunciar a muchas otras cosas. Todo no se puede. El tiempo es limitado y se requiere del individuo una gran entrega. Es cierto que a menudo nuestro arte no nos da el dinero que precisamos para vivir. Y a veces hay que restarle a él sus horas para ganarnos el sustento con otras actividades.  Rodin mismo, de hecho, dividió sus creaciones en dos líneas: a la primera, la que le proveía de una suma con la que pagar sus cuentas, la llamó con humor la ´línea alimentaria´: obras que realizaba por encargo, en las que no podía innovar demasiado formalmente. Por eso, son las obras de la segunda línea, sin un rótulo, las que lo hicieron trascender.
     “Admitan  las críticas justas. Las reconocerán fácilmente. Son aquellas que les confirmarán una duda que los persigue. Pero no se dejen abatir por aquellas que su conciencia no admite (…). No pierdan el tiempo en cultivar relaciones mundanas o políticas. Verán a muchos de sus colegas llegar por la intriga a los honores y la fortuna: ésos no son verdaderos artistas”. En definitiva, la idea es mirar el trabajo propio y no preocuparse por la realidad ajena.
     “Jamás vacilen en expresar lo que sientan, ni siquiera cuando se encuentren en oposición con las ideas corrientes y aceptadas”. Porque el arte, entiendo yo, es libertad, y el artista no puede ni debe  ejercer la autocensura. En aquél y, por ende, en la literatura, no hay espacio para el miedo o  la mentira. Tal como aclara Rodin: “El arte sólo comienza con la verdad interior”.
     El escultor y el escritor son privilegiados, porque a pesar del dolor físico y a veces espiritual, sienten pasión por lo que hacen. Tienen un propósito en la vida. “Amen apasionadamente su misión. Es mucho más alta de lo que el vulgo cree. El artista da un gran ejemplo: adora su oficio”.
     “El mundo será más feliz cuando todos los hombres [¡y mujeres!] tengan alma de artistas, es decir, cuando todos sientan el placer de su labor”.
©Mercedes Giuffré
22 de septiembre de 2011

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