Sherlock Holmes, o la construcción de un personaje

Todos hemos escuchado hablar (o leído) acerca de este personaje de ficción. Arthur Conan Doyle, su creador, transitó un largo proceso de lecturas, observaciones y vivencias, antes de plasmarlo en el papel. Proceso que me propongo reconstruir hoy, modestamente, en este breve espacio: la gestación del más famoso detective de la literatura.
  Hijo de un dibujante que cubría para el Ilustrated Times los juicios a criminales en los tribunales de Edimburgo, el joven Conan Doyle se aficionó a los misterios en la adolescencia. Cuentan sus biógrafos que durante unas vacaciones de Navidad que pasó con un tío residente en la capital inglesa (en 1874), se dedicó a vagar por la ciudad y visitar sitios tales como la Torre de Londres con su colección de armas e instrumentos de tortura; el teatro Lyceum, donde lo fascinó una puesta  de “Hamlet” por sus múltiples asesinatos (según contó a su madre en una carta), y sobre todo, el museo de cera de Madame Tussaud, que por entonces se encontraba en un local del Baker Street Bazaar (sito en la calle del mismo nombre, que luego sería morada del célebre investigador).
  Acabados sus estudios secundarios en el colegio de Stonyhurst de los padres jesuitas, Doyle fue enviado al Tirol austríaco para formarse en química y matemática antes de ingresar a la Universidad de Edimburgo. Allí, en el continente, alternó sus lecturas científicas con los textos de esparcimiento que le enviaba su tutor, el doctor Bryan Charles Waller. Libros entre los que destacaban las obras de Edgar Allan Poe. En éstas, especialmente en los tres cuentos protagonizados por el caballero Auguste Dupin (considerados por la crítica como los iniciadores del género policial), encontró el joven una fuente de inspiración. Tanta, que años después llegó a declarar que consideraba al norteamericano uno de los más grandes autores de todos los tiempos. 
  Lo que deslumbró a Doyle, en particular, fue la aplicación de la lógica y la observación meticulosa impresa en esas historias.
  Sin embargo, ya radicado en Edimburgo como estudiante de Medicina, le comentó a uno de sus compañeros, George Hamilton, que las historias de Dupin eran demasiado exquisitas: “caviar, para el público general”. Y se propuso, según contó después su colega: “escribir ese tipo de literatura siguiendo las pautas establecidas por Poe, pero con una forma más sencilla y al alcance de la gente corriente”.
  Por aquel entonces, un profesor de la Universidad llamó su atención: el doctor Joseph Bell, quien colaboraba como forense para la policía y en varias ocasiones había resuelto misterios que superaban a los investigadores. Al igual que lo haría Holmes, Bell partía de la observación y poseía una notable capacidad para la deducción. Doyle se convirtió en uno de sus más apreciados discípulos. Tiempo después, el periodismo vinculó al profesor con el personaje de ficción, hecho que a Bell no pareció complacerlo (no obstante accedió a prologar una reedición del Estudio en Escarlata, primera novela de Doyle –y de Holmes).
  Después de su formación en Medicina, varios viajes (uno al África) y demás aventuras, Doyle se radicó como oftalmólogo en Londres, en la calle Baker Street, precisamente, donde en su temprana juventud lo habían fascinado las figuras de cera de Madame Toussaud. La clientela resultó ser escasa, por lo que le sobraba tiempo para escribir y leer, entre otras cosas, las traducciones al inglés de las novelas por entregas del escritor francés Émile Gaboriau, creador del detective Lecocq (ver mi entrada anterior, ¡No olvidemos a los franceses!), hecho que él mismo registró en su cuaderno de notas.
  De Gaboriau tomó la estructura bipartita de los relatos, que se ve claramente en el Estudio en Escarlata. Una primera parte destinada a la investigación del hecho criminal y la captura de los asesinos, y luego una segunda parte que se remonta al pasado y explica la trastienda del asesinato, las razones ocultas.


  Mezcla de influencias, lecturas, vivencias y observaciones, la figura de Sherlock Holmes vio la luz en 1887, y desde entonces no ha cesado de encantar a los lectores.
  Quién esté interesado en éstos y otros aspectos del autor y su personaje, puede encontrar útil el libro de Peter Costello que se menciona en la sección de Libros Recomendados.
© Mercedes Giuffré
9 de septiembre de 2011.