Ir al contenido principal

Escritores que empollan y escritores que paren

Recordaba en estos días la distinción entre dos clases de escritores que don Miguel de Unamuno propuso en su ensayo A lo que salga, allá por 1904. En primer lugar, los que denominó “ovíparos”, y en segundo, los “vivíparos”.  Veamos de qué se trata:
  El “oviparismo” es aquello que practican los autores que se sientan a escribir una novela o un ensayo con una planificación previa y minuciosa, detallada y obsesiva. Un esquema que no da lugar a la improvisación y que al momento de la escritura debe cumplirse a rajatabla.
  El escritor ovíparo “cuando se propone publicar una obra de alguna importancia, toma notas, apuntaciones y citas, y va asentando en cuartillas cuanto se le va ocurriendo a su propósito, para irlo ordenando de cuando en cuando. Hace un esquema, plano o minuta de su obra, y trabaja luego sobre él, es decir, pone un huevo y lo empolla”.


    Su contrapartida, el “viviparismo”, es lo que practican los autores que “no se sirven de apuntes, sino que lo llevan todo en la cabeza. Cuando conciben el propósito de escribir una novela, pongo por caso, empiezan a darle vueltas en la cabeza al argumento, lo piensan y repiensan, dormidos y despiertos, esto es, gestan. Y cuando sienten verdaderos dolores de parto, la necesidad apremiante de echar fuera lo que durante tanto tiempo les ha venido obsesionando, se sientan, toman la pluma, y paren”. Son escritores que trabajan con una idea, pero que se mueven por intuición, que no corrigen durante el proceso sino que tratan de mantener intacta la espontaneidad de su prosa. Autores “que empiezan por la primera línea, y, sin volver atrás ni rehacer ya lo hecho, lo escriben todo en definitiva hasta la línea última”.
  Unamuno se consideraba un escritor ovíparo, aunque desde el momento que tomó conciencia de esta distinción se propuso escribir textos vivíparamente, pues, a su juicio, era éste el método que ofrecía al autor una mayor posibilidad para que su yo interior se desnudase por completo. El escritor vivíparo, además, imprime en la obra una huella clara del momento emocional en el que crea y de su entorno histórico y político.
  Se me ocurre que podríamos enunciar una tercera categoría de escritor, a medio camino entre los dos propuestos por Unamuno pero divergente con ambos. Aquel que parte de una idea muy meditada y traza un plano y un esquema, pero  es asaltado por los personajes rebeldes que le piden un lugar destacado y distinto del que les proyectó (como en una pieza teatral de Luigi Pirandello). Historias que mientras son escritas reclaman un final diferente y obligan a su autor a torcer el brazo y la idea.
  ¿Cómo denominar a esta tercera clase de escritores? ¿Ovovivíparos?
  ¿En cuál de estas  categorías se ubicaría usted, colega escritor(a)?

© Mercedes Giuffré
5 de octubre de 2011.

Entradas populares de este blog

"Los que aman, odian", whodunnit con acento argentino (*).

El género policial que inicia Poe en el siglo XIX e inmediatamente conforma dos vertientes (la anglosajona y la francesa) dentro de lo que hoy denominamos genéricamente el modelo clásico, tuvo su resonancia en la literatura local desde muy temprano con la publicación de la novela La huella del crimen de Raúl Waleis, en 1877 (una década antes de que Conan Doyle diera a conocer en Inglaterra su Estudio en Escarlata). Esa novela y la siguiente del autor argentino imitaban el modelo judicial francés cultivado por Émile Gaboriau. Los que aman, odian, novela escrita a dúo por Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares a fines del verano de 1946, se editó en pleno auge de lo que Roman Setton señala en Los orígenes de la narrativa policial en la Argentina, como una operación programática que instaló el modelo anglosajón por sobre el francés y, dentro de aquél, a la novela problema como paradigma. Dicho modelo anglosajón abstracto e intelectual, se inicia en el país en 1932 con un texto que publica …

Al maestro, con cariño

París, 19 de noviembre de 1957.
Querido señor Germain:

Esperé a que se apagara un poco el ruido que me ha rodeado todos estos días antes de hablarle de todo corazón. He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza y su ejemplo, no hubiese sucedido nada de todo esto. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y de corroborarle que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continuarán siempre vivos en uno de sus pequeños escolares, que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido. Lo abrazo con todas mis fuerzas.

Albert Camus.

 Estas líneas, esbozadas en la intimidad y destinadas a un viejo amigo, me parecen las más emotivas del escritor argelino (lo cual …

Visita al Club de Lectura de La Plata

El sábado pasado, 18 de abril, viajé a la ciudad de La Plata para un encuentro con la gente del Club de Lectura María Teresa Beretta (nombre de una de sus fundadoras, recientemente fallecida). La reunión se llevó a cabo en uno de los salones del café Rimbaud, una antigua casona refaccionada.      Las organizadoras del encuentro me habían contactado tiempo atrás y supe que estaban leyendo en el grupo las tres novelas de Samuel Redhead.      Nunca antes había conversado de este modo informal con los lectores. Había coincidido con ellos en eventos pero en situaciones diferentes, en las que el diálogo es acotado y a los apurones. En cambio, esta vez, me encontré respondiendo preguntas específicas sobre mis historias, su composición, los personajes o el proceso de su creación, café por medio y distendida. A mi vez, pude preguntar cosas y enterarme de lo que los libros que escribo generan en quienes los leen, de cuáles son sus expectativas y temores en cuanto a lo que vendrá. 

     Cuando…