Tras las huellas del policial

Días atrás, tuve oportunidad de conversar con los colegas Juan Sasturain y Leonardo Oyola, en el marco de una mesa redonda con este título, invitados por el CCEBA (Centro Cultural de España en Buenos Aires). Fue mucho lo que se dijo y varias las ideas que surgieron. Y si bien la grabación de la charla está disponible en línea (http://www.ustream.tv/recorded/18041717), me propongo reproducir con mis palabras las  nociones que quisiera atesorar en esta bitácora abierta que es el blog:
     El prejuicio que en una época existió en los ámbitos literarios con respecto a la narrativa policial, en particular, y a los géneros populares, en general, responde a una cuestión de soportes (dónde se publicaban y por qué canal circulaban los textos). Así mismo, el hecho de que algunos autores utilizasen pseudónimos (Viñas, Pla, etc.) a diferencia de lo que sucedía en los países anglosajones tenía que ver con el resguardo de la propia escritura, principalmente en los autores consagrados (con excepción de Walsh y algún otro). Si la colección en la que se publicaba una obra se vendía en librerías e incluía entre sus autores a Wilkie Collins o a Chéjov, tal como sucedía con “El séptimo círculo”, se la consideraba  un lugar de prestigio. En cambio, había publicaciones como “Rastros” que se adquirían en los quioscos y que daban espacio a escritores ausentes de la otra colección (Chandler, Hammett, etc.). A fines de los ´60, con la aparición de “Serie Negra” de Tiempo Contemporáneo, se vislumbró un “permiso ideológico” para escribir novelas policiales, motivo por el cual casi todos los autores de dicha generación pasarían por este tipo de literatura en algún momento (Dal Masetto, Soriano, Piglia, Feinmann, Sasturain, etc).
     Actualmente nos sentimos orgullosos de escribir policiales, aun cuando nos sabemos escritores  “a secas” antes que autores “de tal o cual género”. Parafraseando a Chandler, uno es autor de la lengua en la que escribe.
     La técnica o la estética del policial son herramientas para diseccionar la sociedad en la que se vive. Cuando se narra una historia de esta índole, se incluyen en el texto observaciones, denuncias, críticas, elementos autorreferenciales e incluso registros de los que el autor puede ser o no consciente. En algunos casos no se poseen conocimientos de cuestiones forenses, porque lo que importa no es la veracidad de lo que se describe sino la verosimilitud. La obra debe tener coherencia en sí misma y respetar su propio registro, no uno externo a ella. Existe un pacto o contrato de lectura entre un autor y sus lectores. Éstos conocen o aceptan las reglas que instaura el primero. De eso se trata la novela policial.


     La división entre la rama clásica y la negra tiene que ver con una época y una situación determinadas, pero no es exacta. Siempre hubo enigma, por ejemplo, en la novela negra. Sucede que no es lo importante. Lo que mueve a este tipo de obras es la acción, el querer saber qué pasa. [Y yo agrego, que no toda la novela clásica responde al enigma del cuarto cerrado ni el detective netamente cerebral. Sherlock Holmes, por ejemplo, se disfrazaba, viajaba de un lugar al otro, se metía en ambientes peligrosos, tendía trampas a sus enemigos, boxeaba, consumía morfina, montaba en cólera, y  estuvo a punto de morir en una pelea a trompadas con el malvado Moriarty de la que se salvó (inverosímilmente) aferrándose a una ramita mientras caía por una catarata… También Sherlock, entonces, le ponía el cuerpo a las investigaciones y no sólo su materia gris.]
     Como sea, en tiempos en que la novela experimental dinamitaba la trama, el policial se presentó como un espacio para salvaguardarla. Porque en ella, la trama es lo indispensable. No importa si intervienen otros géneros, si se introducen elementos provenientes de lo fantástico, del terror o de la novela histórica que la “contaminan”. El policial se define por su trama.
     Por lo demás, los rótulos (que pueden servir a los lectores y libreros para acercarse a nuestros libros) tampoco son determinantes. En última instancia, como señaló J. Sasturain en la charla, lo que decanta es la literatura. Los textos que se sostienen son los que lo hacen en términos literarios, más allá de las modas y de los rótulos, de la crítica y de las divisiones. La literatura es una manera de leer. Los programas de estudio, los ordenamientos y las clasificaciones son protocolos de lectura que cambian con el tiempo.
     El policial y los géneros populares, que en otra época fueron anti-protocolares, han ganado hoy visibilidad y están dentro de lo “correcto”. Pero, más allá de las etiquetas y de las sistematizaciones, más allá de los géneros, existen autores.
© Mercedes Giuffré
4 de noviembre de 2011.