Viaje al interior (de quien escribe)

Hace pocos días visité la ciudad de Pergamino invitada por su biblioteca municipal, con la premisa de brindar una charla a los socios y lectores. El trayecto desde Buenos Aires en micro (así llamamos por aquí a los autobuses de larga distancia) implicó atravesar grandes extensiones de campo en las que destacaban los sembradíos de soja y de trigo. La noche anterior había llovido en toda la región de la Pampa húmeda, por lo que las espigas de este último relucían bajo el sol movidas por el viento y generaban la ilusión de estar frente a un mar ancho y dorado.



     Aquella imagen cargada de lirismo ante ojos habituados al cemento de la capital, despertó mis emociones archivadas. Comprendí el afán con que antiguamente se celebraba el  tiempo cíclico en las culturas agrarias; porque todo evoluciona y se transforma en la naturaleza, pero algo se mantiene intacto y es esa capacidad de renovación. Notable paralelo con el tema de mi conferencia, en la que buscaría establecer (o al menos esbozar) un arte poética que diera cuenta de los mecanismos constructivos de los relatos policiales en estos casi dos siglos de existencia del género.
     Al atardecer, dispuesta frente a mi auditorio, comencé a exponer apelando a los distintos períodos que atravesó la narrativa en cuestión y analicé, valiéndome de textos críticos, los cambios en el modo de articular los relatos y sus estructuras, para concluir que lo que caracteriza a dicho género (en particular la novela) es su sana tensión entre lo invariable (el foco en la trama, el suspenso) y lo que sí muta (los contratos de lectura según épocas y estéticas, la construcción de lo verosímil, los ingredientes que nutren el enigma, la estructura bipartita o la fusión del relato de la detección y su antesala del crimen. En definitiva, la búsqueda de originalidad).
     Hablar de la historia de la narrativa policial implicó remontarme a la infancia, a la colección “Mis Libros” y los volúmenes de Émile Gaboriau, Maurice Leblanc y Edgar Poe. Rememorar el modo ingenuo con el que alguna vez me acerqué a la obra de Conan Doyle (tenía apenas once años) y, en definitiva, hablar de mi propia historia de lectora y de cómo descubrí que quería dedicarme a escribir novelas policiales, o el surgimiento del personaje de Samuel Redhead. Y todo esto no en cualquier lugar, sino en una biblioteca pública,  ante personas que probablemente sentían y sienten una pasión afín. Gente para la cual la literatura es importante.


     Después, sobrevino lo que suele generarse con estos encuentros: las preguntas, los apretones de manos, los abrazos afectuosos, las fotos, el intercambio de libros y de direcciones. Esto es, la calidez con que se recibe a una visita en las provincias argentinas. Una cena agradable con los organizadores y el regreso a casa.
     Decir que volví renovada de este viaje “al interior” es cierto. Aunque también es poco. 


© Mercedes Giuffré
24 de noviembre de 2011.