Libros recomendados 12/2011

Kryptonita
Una nueva novela de Leonardo Oyola, autor de Santería, Sacrificio, Chamamé y otras obras que han cosechado un merecido reconocimiento. Original tanto por su prosa (inteligente, crítica, dinámica e incisiva, que incluye jerga y a la vez resonancias de sus amplias lecturas) como por la trama. A la manera de un Dickens contemporáneo, Oyola focaliza la narración desde la perspectiva de los “marginales”, mostrando que la realidad no es unívoca y que los héroes y los villanos no siempre responden a los patrones establecidos. Incluye además, en su retrato, elementos de la cultura popular que marcaron a la generación que hoy se encuentra entre los treinta y los cuarenta: la televisión, el cómic, el pop y el rock, así como la música local. Una obra que recomiendo y un autor argentino para difundir.

Las ratas
En esta novela corta de José Bianco, quien fue secretario y editor de la emblemática revista Sur, se muestran de modo sutil y con una pluma refinada, los dobleces e hipocresías sobre los que se orquesta la vida cotidiana de una familia de clase media. Con descripciones sensoriales que trasladan al lector al mundo evocado de la infancia, la trama se articula como un tablero en el que las piezas se mueven para sorprenderlo con un final inesperado, una vuelta de tuerca que cuestiona su propia lectura, estableciendo un paralelo entre los humanos que habitan la casa familiar y los animalitos que el científico utiliza en los experimentos. Un clásico de la literatura de mi país, y un escritor silencioso que recibió los elogios de sus más célebres contemporáneos.


La huella del crimen
Reeditada pocos años atrás por el sello Adriana Hidalgo, esta novela no veía la luz desde hacía más de un siglo. Publicada la primera vez en forma de folletín y luego como libro (ambos en 1877), es considerada la primera novela policial en lengua castellana. Su autor, el argentino Luis V. Varela, la dio a la imprenta bajo el pseudónimo de “Raúl Waleis”. Sigue las pautas de la narrativa de corte judicial de la escuela francesa (liderada por Émile Gaboriau, de quien Varela confiesa ser discípulo). Y aunque sitúa la acción en París (al igual que Edgar Allan Poe o el propio Gaboriau) su crítica es universal: las leyes deben reformarse para proteger a las víctimas del sistema.
     Con la inclusión de elementos tecnológicos de la época y una escena que no escatima en descripciones de la morgue de la ciudad, la obra se posiciona en un espacio de vanguardia de la literatura de su tiempo. Un texto recuperado del olvido que pone de manifiesto el origen temprano de la desarrollada narrativa policial argentina.