El arte de la traición…

Hace mucho tiempo, antes siquiera de pensar en dedicarme a la escritura, descubrí la obra de sir Arthur Conan Doyle y me convertí en su entusiasta seguidora. En especial, de las historias del detective Sherlock Holmes. Por supuesto, las leía en castellano. Mis ejemplares traducidos en España conformaban una hermosa colección en la que se reproducían los grabados originales de la revista Strand (algo que en esa época veía yo como un valor agregado). Desde luego, con sólo once años no me preocupaba por corroborar si el contenido de esos libros se correspondía cabalmente con lo que el autor había escrito en su idioma.
     Por décadas, la imagen que me formé del personaje respondía a aquellas lecturas de la infancia y de la adolescencia, condimentadas por las alusiones populares al detective londinense (que muchas veces no tienen asidero en los textos de Doyle): Holmes era, según ellas, frío y calculador, sarcástico y cortante. ¿No es esa la imagen popular del personaje?
      Pues bien, siendo ya adulta, a raíz de una fecha muy especial, recibí en obsequio los dos tomos de la obra completa de Doyle/Holmes en su lengua original. Mi vida había cambiado por completo desde aquel primer descubrimiento, yo había adquirido conocimientos literarios y críticos y traducido, a mí vez, textos de otros autores. Mi inglés había mejorado lo suficiente para encarar la relectura en esta “nueva” versión. De modo que, durante unas vacaciones de verano, me zambullí en Study in Scarlet y The Sign of the Four, y descrubrí algo que me dejó maravillada: en la lengua de Doyle, Sherlock Holmes y el doctor Watson son sutilmente diferentes…
     ¿Es posible?, me pregunté mientras desempolvaba los viejos libritos españoles y cotejaba ambas versiones. La traducción, descubrí, no era cien por ciento fiel. Había frases trastocadas, y los términos por los que se había optado en ciertos pasajes de mayor complejidad no eran los que yo hubiese elegido.


     Tomemos como muestra el personaje de Holmes, a quien ya me he referido. En inglés se expresa con una ironía muy propia de su cultura, aunque no con la soberbia hermética que suele atribuírsele sino guiñándole el ojo al lector. Hay en él mucho de humorismo y de complicidad. Acaso, una superioridad fingida. Sus parlamentos están cargados, además, de vedadas alusiones literarias. Todo esto se pierde con la mala traducción.
     Sucede que, a menudo, la elección de vocablos del propio autor es imposible de reproducir porque no se encuentran términos equivalentes en nuestra lengua (imagino que lo mismo sucede en el caso contrario, con nuestros textos trasladados a la lengua anglosajona). ¿Se traduce cada palabra o la idea general de una oración? Ésta es ya una decisión con la que se encara el trabajo. Por eso, la traducción es necesariamente un recorte. Y de aquí la frase italiana de origen latino que alude a la “traición” del texto (traduttore traditore).
      Como uno no puede aprender todas las lenguas de los autores que desearía leer (¡Joyce lo intentó con el noruego, sólo por Ibsen!), el libro en  el idioma del lector suele ser el único acercamiento posible entre éste y las obras extranjeras. Sin el trabajo de los traductores, muchos libros quedarían vedados. Se trata, entonces, de llegar a la versión más lograda, teniendo en cuenta la obra completa de un autor y familiarizándose con sus ideas y sus expresiones. Y aun así, sepa el lector que siempre algo se pierde. Lo que tiene en sus manos es una lectura y una interpretación

© Mercedes Giuffré.
4 de diciembre de 2011.