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Enseñar Literatura

En otro sitio comentaba, no hace mucho, la importancia que tuvo en mi formación como lectora (y por tanto, como escritora) quien fue mi docente de Literatura en la escuela secundaria. Es cierto que provengo de una familia de lectores y que en mi casa escasearon siempre muchas cosas pero nunca faltaron los libros. Mi abuelo llegó de Europa en el año ´26 con el mayor anhelo de educarse, y por las noches, cuando dejaba su trabajo de ascensorista, enfilaba a la escuela nocturna y le quitaba horas al sueño para aplacar su voracidad de saber. Mis recuerdos de la infancia lo asocian siempre con un libro en las manos, ya fuese de ciencia, historia, política, narrativa o lírica. Mucha lírica. A partir de él y en adelante, en mi familia hemos visto a los libros como la mayor y más perdurable de las adquisiciones. Dinero bien gastado, decían mis padres. Y cuando nos faltaba ese dinero, quedaba la biblioteca pública.
     Aún así, la experiencia de asistir a las clases de Literatura de la secundaria (en una escuela de barrio, sin grandes pretensiones) marcó un antes y un después en mi formación. La pasión que la profesora volcaba en ellas surgía de una fe auténtica en que los libros pueden transformar las mentes y los espíritus y, a partir de ellos, construir una sociedad mejor. Será por esto, pienso, que todas las tiranías de la historia han aborrecido el libre acceso a la lectura, y han preferido que los pueblos permanezcan ignorantes.
     Gracias a mi profesora, descubrí en las obras de Cervantes, Lope y Calderón que el mundo avanza por el tesón de quienes no temen enfrentarse a los molinos de viento, aunque el precio sea por lo general la incomprensión de sus contemporáneos; que un pueblo puede alzarse y reclamar justicia cuando los poderosos se corrompen y peligra la dignidad; que la vida es breve como un sueño y más vale estar despierto para vivirla porque se pasa tan rápido como una flor que se abre y luego se marchita. Aprendí eso, y muchas otras cosas a partir de los libros españoles. También descubrí con Martín Fierro que los argentinos hemos sido siempre ese gaucho a la intemperie que  busca su lugar en el mundo. Aprendí a no darme por vencida, ni aun vencida, y a no sentirme esclava, ni aun esclava. Y mientras leía, me sentía hermanada con aquellos autores que escribieron sobre gente como yo a la que en distintas épocas se le presentaron los mismos interrogantes. 


     En las obras de Cortázar, Sábato y Borges encontramos, quienes asistíamos a aquel curso, huellas de nuestra identidad cosmopolita. Y en las de García Márquez, Benedetti o Neruda, nos sumergimos en una América Latina de la que empezamos a sentirnos parte.
     La clase de Literatura no sólo nos enseñó a escandir un poema, analizar su rima y su métrica, sino que llegamos a conmovernos con él y hasta ansiamos recrearlo, porque la profesora nos lo presentaba todo con entusiasmo, con vocación, con autenticidad. Y porque siempre encontrábamos, gracias a su guía, el mejor camino de abordaje de las obras, fueran o no complejas. Leíamos, analizábamos, discutíamos, dramatizábamos y escribíamos. Hacíamos taller de cuando en cuando.
     De aquel curso surgieron vocaciones dispares. Hubo quien optó por la biología, el deporte, la sociología, los negocios o la ingeniería. Hubo, como yo, quien optó por las letras, y también quien lo hizo por quedarse en casa. Pero con mayor o menor asiduidad, la mayoría siguió leyendo novelas, cuentos, ensayos y poesía, porque descubrimos en los libros literarios lo mismo que llevó a mi abuelo a cruzar el planeta: la vida, el ansia de superación interior, la conexión con nuestros antepasados y los que nos sucederán, la sabiduría que brota de la observación del mundo y de sus leyes.
      Es cierto que leer es un placer (intelectual, por caso, y mucho más que eso también). Es cierto que el hábito de la lectura no se impone sino que se forja. La labor del profesor no es ni ha sido nunca imponer nada, sino mostrar, dar a conocer, vivir con autenticidad lo que enseña, seducir con ello a una mente y a un espíritu que anhelan ensanchar sus horizontes. Lograda esta labor anual, dar un paso al costado, ver que el discípulo sigue su propio camino, y quedar disponible por si acaso surge alguna otra inquietud. De eso se trata enseñar.
     Quienes hemos tenido el privilegio de ser alumnos de tan nobles maestros, jamás olvidaremos lo que han hecho por nosotros. Y sabemos que lo que recibimos, debemos transmitirlo para que el ciclo de la vida continúe.
© Mercedes Giuffré
Miércoles 4 de enero de 2012.

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