La máquina del tiempo

Hace un par de años, alguien me preguntó si me gustaría viajar en el tiempo. Para su sorpresa, mi respuesta fue afirmativa aunque con la aclaración de que lo haría en tanto y en cuanto no se me obligara a quedarme para siempre en el pasado (jamás iría al futuro, dicho sea de paso). Sucede que, como mujer occidental, prefiero vivir en la era de la igualdad entre los géneros, tener mi profesión, haber accedido a los estudios superiores, haber elegido con quién y cuándo compartir mi vida y, sobre todo, poder escribir sin que esto sea visto como una excentricidad. Mi viaje sería, en todo caso, una constatación de que la bibliografía leída ávidamente durante años es correcta.
     Imagino mi visita al siglo XIX durante un día cualquiera. No en medio de un acontecimiento crucial, de los que cambiaron el rumbo del continente -y que se comprenden mejor con la distancia temporal-, sino de aquello que la célebre Escuela de los Anales denominó  la “historia de la vida cotidiana” o de la “vida privada”.
     Me veo visitando el mercado de la Plaza Mayor de Buenos Aires, en la hora pico, entre un tumulto de personas, perros vagabundos y moscas. Imagino el rechinar de ruedas de las enormes carretas, las campanas de las iglesias que suenan al unísono, el graznido de las aves, el murmullo de la gente que dialoga, compra, vende, charla. Imagino el olor de las calles, de las casas, de los hospitales; la pasión, el odio y el amor de los habitantes de aquel entonces, no tan distintos de nosotros.
     Me veo en una tertulia, bailando el minué, tocando el pianoforte o bebiendo chocolate de una jícara. Imagino el rumor de los tambores que llaman al candombe con el atardecer, el pregón del escobero y la vendedora de mazamorra, la sala del teatro atiborrada y las velas de la araña que gotean sobre las lunetas de la platea…
     Por qué no, también me veo entre las lavanderas que trabajan en la costa. Imagino el río en verano, al atardecer, cuando el virrey ha dispuesto que las mujeres nos bañemos en grupo, para evitar cualquier escándalo… Mi mente no encuentra límites cuando se trata de imaginar.




     De modo que, si hoy alguien me preguntase lo mismo que aquella vez, mi respuesta sería otra. Le diría que ya he viajado en el tiempo y que tengo la llave para ir y venir siempre que quiera, porque, cada vez que abro un libro que me atrapa, el reloj pierde su razón de ser y  se disuelve como en los cuadros de Dalí. Le diría también que, cual demiurgo, puedo dar nueva forma a la memoria, rescatar voces olvidadas y hacer pequeños actos de justicia. En suma, le diría que la escritura (ajena y propia) ha sido y es mi máquina del tiempo.

© Mercedes Giuffré
25 de enero de 2012.