Un crimen imperfecto

Se llamaba Francisco Álvarez, tenía 36 años, era español de nacimiento, trabajador, soltero y residía en Buenos Aires. Propietario de una de las tiendas de la Recova, a veces oficiaba de prestamista, por lo que conocía los secretos financieros de la alcurnia porteña. Demasiados enemigos supo conseguirse. Tal vez por ello, muchos se alegraron cuando desapareció. 
     Corría el invierno de 1828. Una noche fría y neblinosa le vieron pasar en un coche de alquiler. Inmóvil al pescante, obvió el saludo del sereno quien atestiguó más tarde no haber reconocido al hombre que le acompañaba: “Estaba muy oscuro, vea usía."
     Días después, los vecinos alertaron de su ausencia y la policía visitó la tienda del “gallego”. La entrada no había sido violentada, se comprobó, pero faltaban 80.000 pesos de acuerdo con los registros. Había también una libreta en la que figuraban los apellidos de los deudores, ahora sospechosos.
     Escandalizado por el rumor que no tardó en dar por muerto al usurero y el hecho de que varios encumbrados sintiesen peligrar su “buen nombre”, el gobernador Manuel Dorrego sucumbió a las presiones y encargó a un comisario (llamémosle Varela) que investigara el caso de manera exclusiva. Hacía falta una cabeza que cortar y cuanto antes.
     Lo primero que hizo el policía fue visitar los negocios de alquiler de carruajes (que podían contarse con los dedos de una mano). Tal como imaginaba, la firma de Álvarez no aparecía entre las de otros clientes. Entonces, ¿quién había pedido el vehículo que viera el sereno la noche en  cuestión? Seguidamente, indagó entre los vecinos del comerciante. ¿Con quién solía vérsele? ¿Cuáles eran sus hábitos? ¿Mantenía alguna amante? ¿Quiénes eran sus amigos? De a poco, fue construyéndose un relato de los últimos días: Álvarez era un hombre taciturno a quien la sociedad porteña no perdonaba su posición. Bebía poco, trabajaba mucho, y no se le conocían aventuras sino hasta un par de semanas antes cuando, halagado por la compañía de otros caballeros, había consentido en visitar los boliches de la zona sur. Informado de sus nombres, Varela comprobó que ninguno de tales caballeros figuraba entre los deudores del prestamista. Aunque de todos modos, decidió visitarlos.
    Pablo Arriaga, el cordobés, lo recibió aquejado por la fiebre. Sus ojos aureolados de violeta apenas lograban fijarse en un punto sin que él se mareara. Admitió haber bebido en compañía del español pero aseguró que se había retirado temprano, molesto ya por los primeros síntomas.
    El segundo, el benjamín de los Álzaga conocido como ¨Pancho¨, había salido de viaje pero su hermano Félix respondió por él. En efecto, dijo, el muchacho había bebido unas copas con sus amigos la noche mencionada, pero había regresado temprano a casa de su madre y partido al día siguiente a la Banda Oriental por razones comerciales.
     Por último, el comisario visitó la casa del catalán Jaime Marcet cuya joven esposa acababa de dar a luz. Sus respuestas fueron cortantes, prueba del disgusto que le producía tener que hablar en semejante circunstancia. Los hombres como él, dejó bien claro, no se rebajaban a dar explicaciones a un vulgar servidor público. “Ya le haré llegar mi queja al gobernador”. Lejos de amedrentarse, Varela decidió indagar por ese lado. La actitud de aquel sujeto no había hecho más que confirmar lo que su olfato señalaba: había allí gato encerrado. Pasó a interrogar a los sirvientes que, temerosos, se deshacían en excusas. Investigó al catalán, sus hábitos, los ambientes que frecuentaba, y llegó a saber que tenía una querida, debía fortunas en las garitas de juego y, sin embargo, había rentado una casona que mantenía vacía.
     Fue durante la segunda visita a lo de Marcet que uno de los sirvientes se quebró y admitió que su empleador y el señorito Álzaga lo habían convocado para limpiar un charco de sangre en la mentada propiedad. Los muy infames, pensó el comisario, no habían tenido estómago para encargarse ellos mismos del asunto. Ésa sería su perdición, se prometió. Encarceló a Marcet y luego al cordobés Arriaga, que resultó haber sido testigo del degüello de Álvarez y desde entonces no encontraba paz en su delirio. Tal era el mal que lo aquejaba: la culpa de haber consentido aquella muerte. Acorralado por Varela, confesó los detalles.


     Sólo faltaba el cadáver que, siguiendo el razonamiento lógico, el policía halló en la quinta de los Álzaga, en Barracas, hacia donde se dirigía el coche que había visto el sereno. Al parecer, don Francisco Álvarez ya iba muerto en el pescante y por eso no había respondido su saludo.
     Desenterraron el cuerpo y lo trasladaron al cementerio.
     Marcet y Arriaga fueron fusilados y colgados en la plaza pública por orden de Manuel Dorrego.  Después de varios interrogatorios, Félix de Álzaga admitió que su hermano menor había escapado tras confesar el crimen a sus amigos en medio de una borrachera. El infeliz había ideado el plan, motivado por el resentimiento; pues mientras Álvarez, un simple campesino de la Madre Patria, había hecho fortuna en estas tierras, él, un hijo del otrora poderoso don Martín de Álzaga, había crecido en una casa de luto habitada por seis hermanas solteronas y una madre desquiciada y rencorosa. Había sido pobre en una familia rica. Ignorado por los otros jóvenes cuyos padres supieron apoyar la revolución a la que el suyo se había opuesto, labrándoles la ruina.
     Cuenta uno de los libros por esta servidora consultados, que con el paso del tiempo “Panchito” Álzaga se convirtió en un paria. En 1841, cansado de ocultarse, se ofreció a engrosar la tropa del general Paz, pero éste lo rechazó.

© Mercedes Giuffré.
17 de enero de 2012.