Dickens y el teatro

En la entrada anterior mencionábamos el rasgo cómico de algunos caracteres de la narrativa dickensiana (un elemento clásico, entendiendo por esto lo que el filosofo francés Henri Bergson planteó en su ensayo “La risa”). Lejos de alivianar los textos o quitarles gravedad, tal rasgo ayuda a construir una visión dramática de las escenas y creo que responde a la inclinación, siempre presente, del autor por el teatro.
     Cuentan los biógrafos que desde niño manifestaba Dickens su encanto por el escenario como puerta a un mundo amigable que le permitía escapar de la dura realidad que le había tocado en suerte. Le gustaba disfrazarse, bailar, imitar gestos y voces. Y tal vez debamos leer el episodio de la compañía de actores en la novela ´Nicholas Nickerlby´ como un homenaje a este refugio.


     Al igual que Nickerlby, nuestro autor pensó en dedicarse a la actuación, y hasta deseó ser dramaturgo. A los veinticuatro años, a pesar de que ya había cobrado cierto prestigio por su narrativa, le ofreció una primera pieza teatral, ´El misterioso caballero´, a un empresario del St. James Theatre que aceptó ponerla en escena. La obra fue bien recibida por el público y pasó a formar parte del repertorio de la compañía. Entonces, alentado por el éxito, Dickens se abocó a escribir más comedias, aprovechando a veces las situaciones o personajes de sus novelas por entregas. Sin embargo, la crítica consideró mucho más logradas estas últimas y catalogó a las piezas teatrales como “inferiores”, por los personajes tipificados y la simplicidad de los enredos. Más adelante, llegó el fracaso cuando la misma compañía le rechazó ´El farolero´, que fue la última obra que Dickens escribió formalmente para el escenario.
     Su aprecio por el teatro, no obstante, estuvo lejos de acabar allí. Por un lado, acompañó a varios amigos en giras y funciones de beneficencia. Cuenta André Mauriac en su biografía del autor que: “organizó una representación de ´Cada uno según su carácter´ de Ben  Johnson, y fue director de escena, maquinista, carpintero, barrendero y desempeñó el papel principal, y todo ello a las mil maravillas. (…) El éxito [esta vez] fue excesivo, pues varias asociaciones benéficas solicitaron que se repitiera la obra a beneficio de ellas. La compañía tuvo que ir a provincias y esa febril agitación quebrantó la salud de Dickens”.
     Por otro lado, empleó sus dotes actorales en la lectura pública de sus novelas, tanto en Inglaterra y Francia como en los Estados Unidos. Se dice que dramatizaba exageradamente los parlamentos de los personajes, tanto que cierta vez, un anciano de entre el público se quejó de que no dejaba nada librado a la imaginación. También se comenta que la pasión con que se dedicaba a las lecturas lo agotaba de tal modo que debía tomar somníferos para lograr dormir y que las giras aceleraron su muerte.
     En la actualidad se conocen más las adaptaciones a la escena y la televisión de sus novelas que la propia producción dramática caída en el olvido. La excepción, en el mundo de habla inglesa, es quizá ´No Thoroughfare’, escrita en colaboración con Wilkie Collins. Y aunque nueve de sus piezas fueron publicadas en 1836 en el volumen “Sketches by Box”, muy pocos lectores, incluso en su país de origen, las conocen.
     En  castellano, recién en el año 1943 se dieron a la imprenta por vez primera ´El misterioso caballero´ y Él farolero´, publicadas por Ediciones Poseidón de Buenos Aires.
     La capacidad dramática de Charles Dickens a la hora de proyectar su obra narrativa, la construcción de algunos personajes con rasgos cómicos en el sentido clásico y su consideración por el teatro como refugio contra la realidad caótica y la injusticia engrandecen, a mi juicio, su obra de ficción y le imprimen un sello único. Quiero decir que, paradójicamente, el genio dramático de nuestro autor perdura más en sus novelas que en sus piezas teatrales.
     Tal vez por eso las adaptaciones cinematográficas y televisivas de las mismas sigan conquistando adeptos en todo el planeta doscientos años después del nacimiento del escritor.

©Mercedes Giuffré
14 de febrero de 2012.