La escritura de Charles Dickens

Durante las últimas semanas, para beneplácito de quien lleva adelante este blog así como de muchas personas alrededor del mundo, se ha recordado a Charles Dickens, su vida y su obra en el marco del bicentenario de su nacimiento (fecha que se cumplió ayer, 7 de febrero de 2012). Como contribución a los festejos, valga esta reflexión personal acerca de cuatro características de la escritura dickensiana.
     En primer lugar, siempre me asombró el hecho de que Dickens publicase sus novelas por entregas y las fuera escribiendo sobre la marcha, sin que el proceso desgastase el nivel lingüístico y argumental de las historias. En su momento se le criticó esta forma de trabajo como algo que iba en detrimento de la visión total de cada pieza. Pero luego, la crítica comprendió que las líneas de las historias estaban trazadas por el autor desde el inicio y que él no trabajaba a tontas y a locas sino siguiendo un plan. Vale recordar que la novela por entregas es propia de la época del autor y de los géneros populares (el formato y el precio resultaban accesibles para la masa de lectores que tal vez no podía pagar de una sola vez el costo de un lujoso libro encuadernado). Debido a la amplitud del púbico a la que iba destinada, el riesgo era mayor para quien escribía pues tenía que mantener el interés y el suspenso en receptores muy dispares y con distinta formación, conmoverlos y, especialmente, sostener el nivel literario.
     Otra característica de la escritura de Dickens es la presencia de lo autobiográfico. En todas sus novelas hay, camuflado, algún episodio de la infancia que tanto lo marcó. Y creo que ésta es una clave para entender las hondas resonancias que tuvieron sus libros (y aún tienen). Más allá de las caracterizaciones definidas y de los rasgos marcadamente ficcionales, el hecho de incluir experiencias reales y reproducir los sentimientos infantiles en su cabal dimensión genera una rápida empatía con el lector. A mi parecer, se conoce más el interior del escritor leyendo su obra que las muchas, y en ocasiones muy buenas, biografías disponibles. 


     En tercer lugar, hallamos en los textos de nuestro autor una pintura cómica de ciertos caracteres (en el sentido clásico y hasta “bergsoniano” del término). Esto es: algunos personajes aparecen subsumidos por sus vicios y defectos. Dice André Maurois: “En ningún autor fue nunca tan constante como en Dickens esa tendencia del humorismo a transformar el mundo humano en un mundo mecánico”. Esta mecanización o caricaturización funciona de modo tal que se resalta un rasgo particular (físico o psíquico) que devora el resto del ser (el avaro Scrooge sería el ejemplo más obvio). Al igual que en la comedia clásica, la presencia de estos caracteres produce risa en el lector pero también cierto temor autocrítico (Castigat ridendo mores, dirían los antiguos latinos).
     Este conocimiento de los resortes de la comedia clásica no sorprende si se recuerda que Dickens amaba el teatro, que estuvo a punto de convertirse en actor, que escribió y dirigió algunas piezas teatrales y que en sus lecturas públicas le encantaba dramatizar los parlamentos de los personajes (algo sobre lo que escribiré en la próxima entrada de este blog).
     Por último, hay una suerte de “justicia poética” en la composición profunda de las obras de Dickens, que no necesariamente implica el final feliz. Los engaños son descubiertos y los héroes y heroínas se abren camino más allá de sus oponentes (humanos o no). A este rasgo lo ha visto la crítica de su tiempo como algo ingenuo y poco realista (siendo el autor un exponente de tal postura estética). El punto discutible radica en que no por realista una obra debe ser servil a la realidad. Esto es, el autor tiene la autoridad (y el derecho) de ser quien lleva los hilos de la trama y deja en lo que escribe su sello personal. Se acusó a Dickens de imprimir en sus obras un dejo presuntamente “optimista” en cuanto a la naturaleza humana, pero cabe decir que en sus narraciones él describe dicha naturaleza en su totalidad, pintando las miserias y bajezas de la sociedad, sólo que de ese abanico destaca particularmente lo que considera valioso. Algo similar, creo yo, a lo que concluye el narrador de la novela “La Peste” de Albert Camus:
     El doctor Rieux decidió redactar la narración que aquí termina para no ser de los que callan, para testimoniar en favor de los apestados, para dejar al menos un recuerdo de la injusticia y la violencia que se les había hecho y para decir, sencillamente, lo que se aprende en las calamidades, a saber: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio.
    La experiencia de la “calamidad” durante la infancia marcó también la vida y la escritura de Charles Dickens y, al igual que el ficticio Rieux, él eligió darnos su testimonio del tiempo que le tocó vivir y resaltar el valor de la existencia humana.

© Mercedes Giuffré
8 de febrero de 2012.