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La recepción que no cesa

Varias veces en la vida me ocurrió que una obra de arte me cautivara al punto de olvidarme de las cosas que había a mi alrededor. Sucedió una vez, siendo ya grande, mientras recorría una muestra de esculturas de Henry Moore, que una pieza en particular me subyugó al grado de no darme cuenta del tiempo que pasaba. En otra ocasión, el encantamiento fue roto por una estruendosa cascada de aplausos, al acabar la orquesta (no recuerdo cuál) su ejecución en vivo de un concierto de Brahms. La música había generado en mí tal empatía que los sonidos ajenos me resultaban invasivos.
   Como los mencionados, podría enumerar otros casos, incluyendo representaciones teatrales, proyecciones cinematográficas o exposiciones de pintura. Por no hablar de los libros.
     Distinta es la relación que, desde chica, sostengo con un cuadro del maestro argentino Ernesto de la Cárcova: “Sin pan y sin trabajo” (1893). Lo vi por primera vez en una de las visitas obligadas al Museo Nacional de Bellas Artes, en Buenos Aires, durante la infancia. Recuerdo vivamente la mano de uno de mis padres tironeando de la mía para que le dejase lugar a los demás visitantes de la sala, (yo me había detenido demasiado tiempo frente a la obra). ¿Qué era lo que me había atraído tanto entonces? La idea del marco del cuadro como una ventana a la vida de aquellos personajes, probablemente inmigrantes. La posibilidad de meterme en ella como testigo de una de sus escenas cotidianas. La madre con los pechos desnudos, amamantando a su bebé. El padre a su lado y la ventana sin cortinas, lo que me posibilitaba ir más allá, ver dónde vivían aquellas personas. 


     Años después, como estudiante secundaria, visité con mi curso la misma sala de arte argentino. La guía nos detuvo frente al cuadro en cuestión y nos señaló algunos detalles de su composición que en la infancia me habían pasado inadvertidos: el juego entre la luz y las sombras, la posición de los personajes (uno más dinámico y el otro estático), la pica limpia (¿o es un martillo?) no utilizada recientemente, y las manos ásperas del hombre que, claramente, es un albañil y que en lugar de estar en su trabajo se encuentra en su hogar con el rostro crispado por la desesperación y el puño cerrado de frustración. Reconocí también la flacura tísica de la mujer, cuyos pechos parecen no tener leche… Y la mesa vacía.
     Desde entonces, cada vez que visito el museo me tomo unos minutos para volver a ver “Sin pan y sin trabajo”. La relación con el cuadro fue cambiando a lo largo de los años, de la fascinación irreflexiva al entendimiento de la situación y la composición, y a la empatía. Pero una empatía que, a diferencia de los casos mencionados en las primera líneas, no me permite desentenderme de lo que sucede a mi alrededor. Una empatía realista, si se quiere, pero al mismo tiempo “trágica” en el sentido original y dramático del término, porque surge del reconocimiento de mi propia humanidad en aquellos personajes a la intemperie, desolados e impotentes. Yo podría ser uno de ellos –me digo, con dolor– si mis circunstancias de vida hubiesen sido diversas. Y entonces, automáticamente, pienso en quienes hoy comparten esas circunstancias en todas partes del mundo, y en el valor del arte para reflejar y canalizar (desde distintas modalidades estéticas, desde la figuración o la abstracción, desde el realismo, el simbolismo, y el gran etc. de posibilidades) aquello que tenemos en común todos los seres humanos.

©Mercedes Giuffré
25 de marzo de 2012.

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