Lecturas juveniles

Pensando el género epistolar desde una perspectiva meramente utilitaria o, por el contrario, a partir de una postura estético- literaria, debemos reconocer que en ambos casos éste ha dado a la narrativa valiosas piezas. La carta, como obra breve, se construye desde la economía de palabras, siguiendo ciertas fórmulas que no han variado tanto con el tiempo. Está escrita para un interlocutor específico (al menos en una primera instancia de lectura) y persigue un objetivo determinado que es contar, describir, comunicar, analizar o proponer algo (una visión del mundo, de la realidad o de un tema cualquiera). Involucra abiertamente al lector y reconoce, en el entramado de su propio discurso, la necesidad de que sea aquél quien complete el texto haciendo de él un diálogo.
     Teniendo en cuenta esta última característica, recomiendo hoy un libro del escritor checo Rainer María Rilke intitulado “Cartas a un joven poeta”. Fue publicado por primera vez en 1929, tres años después de la muerte de su autor. Las epístolas que contiene resultan una excusa para meditar sobre el arte de escribir y su sentido.


     Rilke toma por interlocutor a un desconocido aspirante a poeta que le escribe desde la asfixia de una academia militar a la que detesta y de la que quiere escapar para dedicarse a la creación literaria. El propio autor reconoce en el epígrafe inicial que se considera un hombre chapado a la antigua para quien las cartas implican uno de los medios más bellos y fructíferos de expresión. A lo largo de diez de ellas, entonces, lo que hace es aconsejar a dicho joven. “Vuelva sobre sí –le dice–. Investigue la causa que le impele a escribir; investigue si ella extiende sus raíces a lo más profundo de su corazón. Confiese si no le sería preciso morir en el supuesto de que escribir le estuviera vedado (…). Construya entonces su vida sobre esta necesidad. Su vida tiene que ser, hasta en su hora más indiferente e insignificante un signo y testimonio de este impulso. Después, acérquese a la naturaleza”.  De este modo, queda claro que para Rilke escribir es más que un oficio; es una forma de vida y un impulso irrefrenable.
     Otro de los consejos que brinda al muchacho es mantenerse lejos de la crítica literaria. Y, en cambio, leer los escritos de otros autores: “Aprenda de ellos lo que le parezca digno de ser aprendido; pero sobre todo, ámelos [a los libros]. Este amor le será retribuido mil veces”. “Lea lo menos posible cosas de crítica estética; o son opiniones de escuela, petrificadas y escurridas de sentido por un endurecimiento ya sin vida, o hábiles juegos de palabras en los que hoy prevalece esta opinión y mañana la opuesta”. Y culmina remarcando que el artista (en este caso el poeta) trabaja en soledad, sin importarle lo que luego se diga respecto de su obra.
     Es célebre su comparación del artista con un árbol: “Ser artista es no calcular y no contar; madurar como el árbol que no apura sus savias y que está, confiado, entre las tormentas de primavera, sin la angustia de que no pueda llegar un verano más. Llega, sin embargo. Pero solamente para quienes tienen paciencia y viven despreocupados y tranquilos como si ante ellos se extendiera la eternidad”.
     Un libro indispensable para todos los que aspiran a una vida “en y para” las letras.

© Mercedes Giuffré.
7 de mayo de 2012.