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Réquiem para Carlos Fuentes


Esperé que pasaran unos días para sentarme a escribir acerca de la muerte de Carlos Fuentes. El 15 de mayo, la noticia me conmocionó por lo inesperada y porque hacía poco que él había visitado Buenos Aires y brindado una conferencia ante una audiencia multitudinaria. Días atrás, también, había salido a la venta “Carolina Grau”, su último libro de cuentos.
     La sensación que me invadió, no obstante, tiene raíces profundas. La partida de Fuentes coincide con mis cuarenta años. Tal vez por eso, sentí que con él moría una parte de mi juventud: el tiempo de estudiante de Letras y el descubrimiento de su obra que representó para mí una ventana a la doble condición de ser latinoamericana y universal en la escritura (indo-afro-íbero americana, hubiese dicho él). Por Fuentes releí a Faulkner, Joyce, Borges y Rulfo desde una nueva perspectiva. Sus “Artemio Cruz” (que, con alegría, veo en muchas vidrieras de mi ciudad), “Cambio de Piel”, “Gringo viejo” o “El naranjo”, me hicieron repensar la identidad de nuestros pueblos culturalmente mestizos y lo que ellos tienen en común, aunque en el Cono Sur sintamos todavía con fuerza a los ancestros europeos (él mismo dijo que los argentinos descendemos de los barcos). De esto se trata haber nacido a este lado del Atlántico y escribir en una lengua cosmopolita.


     Pocos escritores significaron para mí lo que él. Un poco Cortázar, mucho Camus y Dickens. Con su muerte sentí que el mundo se quedaba más solo, acostumbrada como estaba a leer sus opiniones sobre cuestiones de actualidad. Porque Fuentes fue un escritor comprometido con su tiempo, que dejó traslucir su pensamiento acerca de la realidad y la condición humana en todos sus escritos, fuesen o no literarios. Coherente y sobrio, jamás se privó de decir lo que pensaba o denunciar lo que sentía como un deber intelectual. Así publicó notorios textos sobre México y un ensayo “Contra Bush” al iniciarse la guerra de Irak.
     También pensó en la Literatura y la forma en que se construye y articula toda obra narrativa. En su último discurso de la Feria del Libro de Buenos Aires, remarcó la necesidad de que la novela abandone la linealidad y encuentre nuevas técnicas para plasmar la simultaneidad, al modo en que lo hace visualmente el Guernica de Picasso. Por su parte, influenciado por Faulkner, Proust, Virginia Woolf y las ideas de Henri Bergson, pensó el tiempo de manera simultánea. El de la memoria pero también el circular americano. Y los registró en sus ficciones.
     No puedo hablar de Fuentes de otra manera que la subjetiva, como quien se refiere a un maestro que lo ha guiado en la vida (en este caso, literaria). Llegué a encontrarlo en persona una sola vez y brevemente, para entrevistarlo, hace muchos años, en el Malba (Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires). Él había venido a presentar su novela “Instinto de Inez”, a poco tiempo del atentado del 11-S. Su mensaje fue claro: ante la destrucción, la literatura tiene sentido como resistencia.
     Cálido, galante, seductor, culto, refinado y políglota, son muchos los adjetivos con que podría definirlo. Porque se nos fue un ser humano extraordinario. Pero nos quedan sus libros.

© Mercedes Giuffré
24 de mayo de 2012

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