De utopías y de libros



Hace unos días visité el pueblo de Alfonzo, a veinte minutos de la ciudad de Pergamino. Llegué hasta allí por una ruta entre los sembradíos de trigo y de maíz; bordeando altares erigidos a los santos ruteros (en su mayoría, al Gauchito Gil). Mi destino, una construcción en la que funcionan de mañana, el instituto secundario Mariano Moreno y por la tarde, la primaria Patricio Kearney. En cada uno de ellos iba a ofrecer una charla para los estudiantes, organizada por la Biblioteca Menéndez de la ciudad de Pergamino como apoyo a su pequeña filial en esa localidad. En el primero de los casos, mi discurso se abocaría a la novela histórica. En el segundo, a Sherlock Holmes y la literatura detectivesca.
     No bien llegar, fui recibida por su directora y un grupo de docentes de la secundaria que me explicaron, café por medio,  que los estudiantes dedicaban ese día a ensayar para el próximo festival de teatro y que estarían muy contentos si, antes de mi exposición, veía lo que habían preparado. De tal modo, fui conducida durante buena parte de la mañana, curso por curso, y presencié algo emocionante: las obras narrativas históricas de autores contemporáneos (muchos de ellos, colegas y amigos) transformadas en libreto y en lenguaje escénico, adaptadas por los mismos profesores. ¡Vaya privilegio tras bambalinas, pensé, acceder al proceso de transformación dramática de obras que nacieron literarias!
     Supe que no era la primera vez que se hacía esta actividad llamada “Buceadores en la historia”, sino que era el resultado de años de investigación de la cátedra de literatura (y que mi ensayo “En busca de una identidad, la novela histórica en Argentina” había servido como base teórica; motivo de mi invitación). Supe también que la jornada teatral que iba a llevarse a cabo en pocos días, iba a sumar a los padres y docentes que ensayaban por su cuenta. También, que todos por igual, chicos y grandes, habían confeccionado la escenografía y el vestuario.


     A mitad de la mañana, me encontré sobre una tarima, en el patio de recreo de la escuela, frente a un auditorio de jóvenes a los que les hablé del proceso de elaboración de una novela y también sobre Samuel Redhead (el personaje protagónico de las que llevo escritas). Después respondí sus preguntas de literatura en general, algunas verdaderamente emocionantes. Noté un interés genuino  por conocer la realidad del escritor: ¿cuántas horas se trabaja? ¿Qué tiempo se tarda en escribir un libro? ¿Cómo sabés que vas a ser autor? ¿Cómo llegás a que te publique una editorial?
     Me encontré con una actitud frente a la literatura, abierta y desprejuiciada. Ganas de completar las obras con la propia lectura, de soñar más allá de lo que se lee y hacer realidad esos sueños, materializándolos en una jornada mágica que convoca a todo el pueblo. Porque en Alfonzo las letras están vivas y unen a la comunidad, más allá de los muros de la escuela. Y me atrevo a decir que los profesores y la biblioteca (de la que hablaré en mi próxima entrada a este blog) tienen mucho que ver en el asunto.


   La despedida de los estudiantes fue calurosa. Me regalaron productos confeccionados por ellos en los talleres del instituto; otra utopía llevada a cabo por decisión y trabajo del cuerpo docente.
     Vuelvo a Buenos Aires renovada, reafirmando lo que sé desde muy chica: que la literatura, cuando toca genuinamente una vida, la transforma. No porque conozcamos de un texto sus artilugios formales o los vericuetos críticos (cosas que no denosto pero que, en todo caso, vienen después, si se quiere y si se lo elige, como yo lo he elegido), sino porque la lectura te hace vivir una vida más plena. Entonces, nada está perdido.

© Mercedes Giuffré
30 de septiembre de 2012