Edipo rey



Desde la primera vez que leí a Sófocles, no ha dejado de conmoverme la historia del rey Edipo. Este personaje, víctima de la moira (el destino, para los griegos) que hace de él un parricida incestuoso, jura ante su pueblo que encontrará al asesino del rey de Tebas, cuyo trono ocupa, y que descargará sobre él todo el peso de la ley. 
     Dice el texto: “Obligación nuestra es indagar y descubrir, para que no quede sin castigo el asesino que se oculta”.


Para llegar a la verdad, Edipo despliega una red investigativa digna de un detective. Interroga testigos, analiza versiones de los hechos, razona, deduce y llega a la cruel verdad: él mismo ha sido quien dio muerte a su padre y se acostó con su madre, con quien ha engendrado varios hijos.
Hay en toda la obra un juego entre la ceguera y la visión, real o metafórica, que acaba con el gesto de Edipo de pincharse los ojos como castigo por no haber visto lo que era evidente.


     Sin embargo, Sófocles parece restar importancia a la maldición que pesa sobre su familia, contándonos la historia “in medias res”. De este modo, resalta que cabe alguna responsabilidad por parte del protagonista, pues tanto como monarca cuanto como hombre iracundo y poco reflexivo, reaccionó de manera desmedida matando a quien lo desafiaba en el camino y prometiendo a su pueblo algo que no sabía si podría cumplir. Edipo, si cabe, pecó de desmesura.
     Él mismo se reconoce culpable de todos los crímenes abyectos que cometió y comprende que no existe posibilidad de reparación. Por eso, descarga sobre sí el castigo que había preparado para el autor de los ilícitos; algo indispensable para alejar la peste del reino de Tebas.
     La pena puede parecernos excesiva, dadas las particulares circunstancias. Aunque nos invita a la reflexión: a veces, es mejor pensar bien lo que se dice. Y lo que se hace.

© Mercedes Giuffré
14 de septiembre de 2012