Anochecer de un día agitado


Día de clases que llega a su fin. Feliz por la proximidad del fin de semana, me subo al colectivo repleto de gente. Aviso a casa que estoy en camino. Sólo un rato, pienso, y ya estoy con mis libros, con mi gente. Al cabo de unos minutos, huelo a cosa que se funde. A quemado. Nadie parece notarlo. Están todos enfrascados en lo suyo, con los auriculares incrustados en los tímpanos. Pero el olor se profundiza. Y después, irrumpe el humo. En segundos, lo ha invadido todo. Cuesta respirar. Apenas se ve algo. Arden los ojos, arde la nariz. Los pasajeros gritan. El chófer detiene el colectivo y, mientras activa las puertas grita que bajemos, rápido, que se incendia el vehículo. Después, él mismo se lanza.
     En situaciones límite se ve la hechura de la gente. Y yo, me siento en el Titanic que se hunde. La masa empuja. Duele. Una madre se echa sobre su hija para cubrirla con su cuerpo. Quiero ayudarla. Pero apenas me acerco, soy arrastrada hasta la puerta y, sin saber cómo, acabo en la calle donde no se ve nada hasta que el humo se disipa. Hay dos patrullas de la policía. ¿De dónde salieron? Veo salir a la madre, que sigue sin soltar a la nena que, a su vez, no para de llorar.

     Todo sucedió tan rápido. Los policías están apagando el fuego con unos extintores. Ofrecen llamar ambulancias si hace falta. La gente tose, pero nadie parece necesitarla. Nadie tiene más que un terrible susto y alguna que otra magulladura. A mí me duele el estómago porque recibí un codazo y aún no me repongo. Pero me alejo. Me alejo. Me alejo. Veo pasar otro colectivo y le hago señas. Me subo sin fijarme siquiera hacia dónde va. Lo único que quiero es llegar a casa.

Mercedes Giuffré
Octubre de 2012