La literatura y la vida



Se acaba el año y uno tiende a hacer balances, revisar objetivos, corregir errores o replantearse el rumbo. En mi caso, el verano me encuentra en pleno proceso de escritura de una nueva novela para la cual vengo investigando desde hace aproximadamente un año; un proyecto que se ha convertido en carne de mi carne, pues tiene sus raíces en un pasado que no me es ajeno, aun sin haberlo vivido.
     2012 ha sido un año especial, abundante en proyectos y actividades, festivales de literatura, visitas a colegios, viajes, congresos, escritos para revistas de difusión masiva, artículos académicos, presentaciones, contacto con colegas escritores y con lectores; sumado todo eso al habitual dictado de clases, la actividad universitaria y la vida familiar.
     Ha sido también el año en que retomé mis estudios, ahora de posgrado. Regresar a las aulas resultó enormemente gratificante. La vivencia de las obras literarias desde la perspectiva del estudiante ha actualizado en mí un cuestionamiento que tuve por años, cuando era alumna de la carrera de Letras: “¿Para qué y para quién se escribe?”. Pregunta que no tiene una sola respuesta sino tantas como existen escritores y que me ha hecho renovar mi voto por la actividad literaria en un mundo que parece más ocupado por cuestiones “redituables”. 




     Percibo la escritura como un acto solitario de creación poética y, a la vez, de pensamiento crítico respecto de la realidad, destinado al diálogo con el otro.
      Inicié este blog con una reflexión acerca de por qué leemos. Sostengo lo que dije entonces: La literatura, cuando es auténtica, modela la sensibilidad, abre las mentes, y por qué no, educa en los valores humanos (estéticos y éticos). Principalmente, en el valor de la libertad (que sólo puede sustentarse en un pensamiento crítico e individual)… La literatura… implica una búsqueda interior de quien escribe por comprender, al menos un poco, el universo y el sentido de la vida, desarticula los prejuicios, abre una ventana a la alteridad… prepara para el diálogo y la comunicación.
     La auténtica literatura (y aclaro que entiendo por tal la que cumple con lo antes mencionado y no la que se reduce a una búsqueda ególatra de autopromoción o de llenar las arcas a cualquier precio) dignifica las vidas que toca y las transforma. Acaso mínimamente, pero abriendo surcos que no vuelven a cerrarse; generando inquietudes que, cual semillas, podrán o no germinar.
     Éste es mi credo, reforzado en 2012 por la lectura de esa magnífica obra testimonial que Jorge Semprún tituló “La escritura o la vida”. En ella se manifiesta la esperanza por una ficción que dé  cuenta de la dimensión profunda del dolor humano, de la muerte y la existencia.
     Reforzado, asímismo, por el contacto con alumnos de otros tiempos que manifiestan su continuidad de lectura de tal o cual autor que descubrieron en nuestras clases: Beckett, Artaud, sor Juana, Chejov, Gorostiza… (¿Hay mayor recompensa para un docente?). 
     Bienvenido, entonces, 2013. Aunque la tarea sea ardua, la miseria humana se manifieste cuando menos se la espera y las distracciones de nuestra cultura mercantil parezcan acapararlo todo, sigamos sembrando literatura y arte para abrir mentes y corazones. Tal es mi deseo y mi compromiso.

© Mercedes Giuffré
28 de diciembre de 2012