Impresiones de Enero

Miércoles 30. Huelo desde mi escritorio los jazmines del jardín vecino.

Martes 29. Escribo desde temprano, aprovechando la luz. Durante el primer descanso, veo que un pájaro echa sobre las baldosas del balcón el cuerpo muerto de una libélula que ha traído en el pico. La deja y levanta vuelo, hasta perderse en las copas de los árboles. Y yo, extrañada, retomo la escritura.
      En el segundo descanso, sin levantarme de la silla, busco la libélula pero no la encuentro. En su lugar, el pájaro me observa, divertido.





Domingo 27. Me levanto para escribir con las primeras luces. En eso estoy, cuando recuerdo que todavía no he leído aquel último libro que recibí por correo hace semanas, el que me puede dar datos para mi nueva novela. La última voz que voy a escuchar, porque ya no tengo tiempo y porque alguna vez tendré que decir "basta". Uno más de los muchos, tantísimos testimonios que he leído en los ya doce meses de investigación. ¿Qué puede aportarme que no sepa?, me pregunto.
     Lo tomo del estante y leo, mientras desayuno. Costó muchísimo encontrarlo. Escojo una página al azar. Y ahí está. No puedo creerlo. Quedo petrificada. Impactada. El dato que intuí y que dejé de lado porque no podía probarlo, aquello que el corazón me indicaba no podía ser de otro modo (¡y tenía razón!). Hay alguien que no olvidó y se tomó el trabajo -generoso- de testimoniar antes de morir. Me embarga la emoción. Esto de la escritura es algo digno de vivirse.



© Mercedes Giuffré