Reflexión para un atropello


Ayer supimos, por palabras del propio damnificado y las de varios colegas que se solidarizaron con él en las redes sociales, que al fotógrafo argentino Daniel Mordzinski, reconocido internacionalmente, le habían “desaparecido” casi todo su archivo, parte de su vida.
     Mordzinski vive en París desde hace décadas. El diario francés Le Mond había acordado con él y con un corresponsal de El País, dejarles en uso una de sus oficinas para que ambos guardaran material. En el caso del fotógrafo, tenía sus negativos ordenados y etiquetados dentro de un mueble que él mismo pintó de negro. Sin informarles ni a él ni a su colega, o darles tiempo para que retirasen las cosas, alguien -que todavía no se identifica- dio la orden de deshacerse de todo. De tal modo, cuando el fotógrafo regresó a la oficina, encontró que su trabajo, archivado en más de cinco mil negativos, había sido botado -literalmente- a la basura. Entiéndase, originales en los que aparecen Borges, Cortázar y muchos grandes escritores y escritoras así como momentos de la cultura literaria universal.


     Más allá de las acciones legales que puedan tomarse, (y las disculpas e indemnización que corresponderían, previa investigación e intento de recuperar, si es posible, parte del material) mi humilde reflexión tiene que ver con el mundo en que vivimos. Me preocupa esta sociedad que hemos construido, en la que el trabajo artístico como la labor intelectual obtienen un reconocimiento casi nulo. Porque, digo, en un mundo normal, la obra de un hombre talentoso y sensible como es Mordzinski debería ser reconocida como en su tiempo lo fueron las de los grandes pintores, músicos y escritores, pero en cambio acaba de este modo. Y no exagero al decir lo que digo. Cada arte tiene sus cumbres y la fotografía no está exenta del virtuosismo. Basta con ver las fotos de Robert Capa o de Cartier Bresson para reconocer que no se trata sólo de enfocar y apretar un botón, ni de mostrar la realidad, sino que el verdadero fotógrafo es un compositor visual, y que en cada una de sus imágenes hay una carga semántica y estética que equivale a las de las notas en el pentagrama, los párrafos de una novela o las pinceladas sobre el lienzo. Esto es: quien arrojó al basurero los negativos rotulados, cometió un acto equivalente al de tirar las partituras originales de Beethoven o los óleos de Rembrandt.
     No cualquiera logra lo que Mordzinski. Su mirada es única e irrepetible. Su pérdida es nuestra pérdida y la del mundo entero, porque  ahora gran parte de su trabajo nos es negado por la falta de criterio, la estupidez y la insensibilidad resultantes de un modo de vida en el que las personas no nos preocupamos por nuestros semejantes. Una sociedad de individualistas encerrados en sí mismos que caminan por las calles con los auriculares del mp3 puestos, chequeando sus teléfonos móviles sin vincularse con el entorno. Una sociedad patética en la que el trabajo de los otros se bota sin preguntar siquiera si tiene dueño.
     Me pregunto si la bestialidad que últimamente vemos emerger incontrolable puede derivar en algo todavía peor. Porque, cuidado, lo que hoy se hace con unas fotografías puede hacérselo mañana con las personas.
     Espero que, a pesar del durísimo golpe que le han (nos han) dado, el maestro Daniel Mordzinski continúe con su maravillosa labor.  

Mercedes Giuffré
19 de marzo de 2013