IMPRESIONES DE JUNIO


DÍA 20
Murió casi solo, en la casa familiar, en Buenos Aires, olvidado por los poderosos, sin dinero porque todo lo donó para hacer obras, para construir escuelas. No buscaba la gloria. Hizo lo que tenía que hacer y se jugó por aquello en lo que creía. Abogó por la educación de las mujeres, dirigió un ejército sin ser un militar. Él, un intelectual, un señorito, un enfermo de Sífilis. Se cuenta que, con 40 grados de fiebre, se subía al caballo e iba a la vanguardia porque sólo así los otros se animaban, sólo a él lo seguían a pesar de tener todo en contra e intuir la derrota. Ganó algunas batallas, perdió otras, pero siempre con dignidad, siempre primero en la fila, siempre dándolo todo. Estuvo preso por desobedecer a Buenos Aires, por la envidia de los que no se jugaban el pellejo y decidían tras los escritorios. Los grilletes le laceraron las piernas. Hoy se lo recuerda por haber creado la bandera argentina. Yo elijo recordarlo por su entrega, por su sencillez, por su entereza y por su honestidad sin oropeles. Manuel Belgrano, hombre libre, que en paz descanses.

EL SUBTE
Nueve de la mañana. Entra en el vagón del subte un hombre de traje que lleva de bufanda una bandera argentina. Nadie lo mira excepto yo. La bandera parece recién arrancada de un mástil, brillosa, deshilachada. Lo primero que pienso es que su imagen bien podría iniciar un cuento.    

EL SUBTE II
20:45. Viajo en subte, cargada de libros, con ganas de llegar a casa. El tren se detiene en una estación y sube un muchacho de aspecto rudo: el cuello envuelto por tatuadas serpientes colmilludas que se mueven con el latido de sus venas. Piercing en la nariz, los lóbulos, tal vez la lengua. Borceguíes de puntas cuadradas, pelos en cresta. Por un momento dudo entre quedarme o irme. Pero no voy a juzgar a alguien por las apariencias, pienso. ¿Con qué derecho? ¿Qué me importa cómo se visten o peinan los demás…? Me quedo.
Se suceden las estaciones y me he olvidado de él. Me pierdo en los derroteros ininteligibles del seminario de Lacan sobre un cuento de Poe que vengo rumiando, tratando de dilucidar sin éxito. ¿Qué diantres era el “matema”? Entonces, un sonido me distrae, me impele a levantar la cabeza. Una succión, pienso extrañada mientras lo hago. Los ojos del muchacho y los míos se cruzan un momento. Él, despreocupado, sin importarle un cuerno mi presencia. Y yo, incrédula, porque acabo de comprobar que se está chupando el dedo. Así nomás. Se ha metido el pulgar entero en la boca y lo succiona con fruición durante el resto del trayecto.
  

EN LA CALLE
Nueve de la noche. Resfriada, vuelvo de trabajar. En la esquina de casa, dos chicos de no más de diez años revuelven entre las bolsas de basura y apartan los alimentos que otros desecharon. La imagen me duele más que la garganta.

EN LA CALLE II
Siete de la mañana. Camino a toda velocidad rumbo a la avenida para tomar el colectivo que me lleva al trabajo. Los alumnos tienen parcial hoy y no quiero llegar tarde.
A punto de lograrlo, una lluvia ácida que cae a un milímetro de mi persona me salpica los pantalones y los zapatos. Huelo su aroma horrorizada. Se trata de un copioso vómito que alguien, inescrupuloso, ensimismado, ha echado desde un piso alto cuya ventana escucho cierra ahora cobardemente, acaso temiendo mi reacción. Quedo petrificada de asco, de furia, de asco, de furia. Mi sexto sentido me dice que siga, que no me detenga. La calle está a oscuras, solitaria, y son muchas las anécdotas que se cuentan en el barrio sobre asaltos que comienzan de este modo. Para peor, oigo que unos pies caminan hacia mí. Así que retomo la marcha sin más, como en un film de esos de clase B. Corro. En la esquina, me cuelgo de un colectivo que pasa, sin tiempo para lamentarme por mi estado. No pienses, me digo, no pienses, ya pasó, ya pasará, quizá pase. Pero una vez en tránsito, mientras embadurno un pañuelo con alcohol en gel y lo deslizo por los pantalones, debo refrenar la furia que crece en mí como una levadura; el instinto me mueve a regresar, a golpear la puerta del maldito vomitón impune hasta que abra, y usar su cabeza de maza para achatar milanesas. ¿Se puede ser tan rata?, me pregunto. ¿Se puede vivir tan centrado en uno mismo y creer que la calle es sólo tuya, que nadie más que vos existe en este mundo y que podés vomitar al aire o hasta cosas peores, porque total los demás no cuentan, no existen, no viven? Y cuando voy llegando a destino, echando chorros de desodorante en mis zapatos, pienso que la experiencia bien podría servirme de base para un cuento, como radiografía y metáfora de una sociedad de autistas que viajan en el transporte público con los auriculares puestos o se hacen los dormidos para no ceder el asiento. Una sociedad en la que los niños hambrientos revuelven la basura buscando comida. Una sociedad sin sentimientos (pero con Blackberries).

© Mercedes Giuffré, junio de 2013.