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Malos, siniestros y perversos - 2



Cayetano Santos Godino, alias “el Petiso Orejudo
Columna en el programa radial BANShow! – Lunes 26 de mayo de 2014

Nació en Buenos Aires en 1896 hijo de inmigrantes calabreses. Su padre era sifilítico y les contagió la enfermedad a sus hijos que nacieron con malformaciones y diversas alteraciones. Además era un hombre violento que abusaba del alcohol y lo maltrataba físicamente, por lo que Cayetano pasaba el mayor tiempo posible en la calle, lejos de su casa y se convirtió desde muy joven en un asesino serial y un pirómano que aterró a la capital argentina. Sus espacios preferidos para el crimen fueron los conventillos de inmigrantes de Almagro y Parque Patricios y algunos terrenos baldíos. Lo echaron de varias escuelas por mala conducta y llegaron a atribuírsele las muertes de cuatro niños, siete intentos de asesinato y siete incendios de edificios.
     Cometió su primer crimen a los siete años (1904). Secuestró a un niño de dos, lo llevó a un baldío, lo golpeó salvajemente y lo arrojó sobre un montón de espinas. Lo detuvo un policía y sus padres debieron ir a buscarlo. De milagro, el otro se salvó.
    La segunda vez, agredió a una beba de 18 meses con el mismo método, aunque le golpeó la cabeza contra una piedra y, otra vez, fue detenido, aunque dada su edad, liberado el mismo día.
     El tercer intento, como dice el refrán, fue el que venció. Golpeó y enterró viva a una niña de tres años y la cubrió de latas. Él mismo confesó el crimen años después, pero en el lugar se había construido un edificio y el cadáver nunca fue hallado, aunque si se registraba en la comisaría una denuncia por la desaparición. Se llamaba Rosa María Face.

    Meses después (1906), el petiso fue denunciado por su propio padre por martirizar pájaros y animales domésticos. Guardaba los cadáveres en una caja de zapatos. Se le labró un acta en la comisaría y acabó recluido poco más de dos meses en un reformatorio. Aunque al pasar ese tiempo regresó a la calle para dedicarse a la vagancia, ya que ninguna escuela lo aceptaba.
     A partir de allí, su sed de matar se hace imparable. Secuestra a un chico de dos años frente a su escuela, lo lleva a un galpón y lo sumerge en una pileta para intentar ahogarlo. Es detenido a tiempo por el propietario, pero se lo libera después de un rato en la comisaría. (1908). Seis días más tarde, vuelve a intentarlo: quema con un cigarrillo los párpados de un chico de 22 meses que jugaba en la vereda. La madre lo salva a tiempo y el Petiso huye. Sus padres, cansados de él, lo entregan otra vez a la policía y es enviado a un correccional de menores del que saldrá tres años después mucho más sanguinario. En diciembre de 1911 regresa a las calles convertido en un criminal frío e impiadoso. En menos de tres meses pierde el trabajo que le consiguen sus padres y regresa a las calles a vagabundear en busca de víctimas. Se mezcla en el ambiente del hampa y se gana el apodo de Petiso Orejudo.
Comienzan sus dolores de cabeza intensos que sólo se le van incendiando o matando. Lo primero lo hace en una bodega de la calle Corrientes, provocando un siniestro que tarda horas en ser sofocado. Le gusta ver el fuego, pero mucho más, a los bomberos engullidos por él (1912).
     Ese año se denunció la desaparición de Arturo Laurora, de 13 años. Al día siguiente se encontró su cadáver golpeado y desnudo en una casa vacía que estaba en alquiler. Lo habían estrangulado con una cuerda. En diciembre de ese año, cuando lo atraparon, Godino confesó haber sido su asesino. Antes de eso, incendió la ropa de una nena de cinco años que murió dos semanas después, tras agonizar en el hospital. Se llamaba Reyna Vainicoff. En los meses siguientes, el Petiso causó varios incendios, mató a puñaladas a una yegua y ahorcó a un niño de dos años, Roberto Ruffo, pero logró zafar de la ley al ser atrapado, por medio de engaños.
    Luego de otros intentos de homicidio infructuosos, siempre sorprendido por vigilantes o vecinos y huyendo a tiempo, el Godino asesina a Gesualdo Giordano, de tres años, ahorcándolo con su cinturón y, como no moría, martillándole un clavo de albañil en el cráneo con ayuda de una piedra.
     Su gran error fue presentarse en el funeral. La policía, que lo venía cercando, le echó el ojo y poco después lo atrapó.
    Godino confesó sus crímenes y dio datos para encontrar los restos de varias de sus víctimas. Fue condenado a permanecer por tiempo indefinido en un hospicio para enfermos mentales en el pabellón de delincuentes, pero tras atacar a dos compañeros, uno inválido, fue expulsado y enviado a la Penitenciaría Nacional. Luego de diez años se lo trasladó al Penal de Ushuaia, célebre cárcel del fin del mundo a la que se enviaba, entre otros, a los anarquistas. Allí mató a varias palomas y a un gato que era la mascota de los demás reclusos, por lo que recibió por parte de estos una feroz golpiza que lo dejó días en el hospital.
     Varios médicos y pseudo científicos estudiaron su caso y hasta se llegó a analizar su figura aplicando las disparatadas ideas de Lombroso.
     En 1936 se le negó la libertad por él solicitada. Falleció en 1944 de una hemorragia duodenal cuyo motivo no fue dilucidado. Se dice que los guardias abusaron sexualmente de él en numerosas ocasiones, aunque la versión oficial tendió a echar culpas a los demás reclusos.
     En el año 2008, el español Jorge Algora dirigió la película El niño de barro, con Maribel Verdú, basada en los crímenes de este sociópata que fue el primer asesino serial de la historia argentina.

Mercedes Giuffré

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