Wiggins contra los espejos

  Mi regalo de Navidad para ustedes, queridos lectores. Un cuento que escribí este año protagonizado por uno de los miembros de la pandilla infantil que ayuda a Sherlock Holmes en el Estudio en Escarlata y otros misterios, los famosos "irregulares".
  Que lo disfruten. Muchas felicidades y buen comienzo de 2016.
Mercedes




Wiggins contra los espejos
©Mercedes Giuffré
–Esta vez irás solo –repitió el jefe–. ¿Has comprendido?
     La escasa luz de un farol se difuminaba en la bruma y yo no podía verlo, aunque su respiración controlada y metódica lo delataba. Hacía tiempo que trabajaba para él por un chelín diario.
–¡Inclina tu cabeza si así es, Wiggins! –ordenó, perdiendo la paciencia.
    Y lo hice. Al menos, lo suficiente para que se diera por satisfecho. Después, como era propio de él, se esfumó sin agregar palabra.
     El frío me calaba los huesos y el aire de mis exhalaciones se transformaba en vapor. Me alejé por el callejón, oyendo mis propios pasos en la penumbra. ¡Menudo sitio había elegido míster Holmes para encontrarnos!, pensé. “Vigilan Baker Street, muchacho. No vengas. Debes tener cuidado porque alguien intentará seguirte.”
     ¿Pero quién iba a sospechar de un niño de la calle, de cara sucia y pecas? ¿Quién pensaría que el vendedorcito de periódicos que apenas tenía un par de botines agujereados en las suelas, pudiera ser una amenaza para el hampa? Y sin embargo, a mi manera lo fui, al menos durante los años que trabajé para él. Espiaba a sus enemigos, los seguía e informaba de sus actos. Pero nunca iba solo como lo iba a hacer en esa oportunidad, sino que me movía con los irregulares,  la pandilla que habíamos formado con varios otros chicos. “No me falles, Wiggins”, había pedido el jefe, acaso por primera vez desde que lo conocía. Aquello no era propio de él. ¿Qué demonios estaría sucediendo?
     “Toma este zurrón. Encontrarás en él algunas herramientas que vas a precisar.” Había insistido en que no lo abriera entonces porque el tiempo apremiaba.
     A la mañana siguiente me aposté frente al Criterion, el restaurante preferido del doctor Watson, con los periódicos bajo el brazo y la mirada atenta a todo aquel que entrara o saliese del local. De vez en cuando pregonaba los titulares o vendía un ejemplar. El lugar, comprobé, estaba casi vacío.
     Llevaba el zurrón, desde luego. Las cosas que había encontrado en él me desconcertaron. ¿De qué iban a servirme un viejo reloj de bolsillo que, aunque le diera cuerda, no funcionaba, o un compás de madera al que le faltaba la punta para el lápiz? ¿Y por qué cuernos iba a querer una polvera que olía a talco de vieja? A pesar de la admiración que sentía por Holmes, a veces dudaba de su cordura.
     Mientras pensaba aquello con una irrefrenable mueca de disgusto, se me acercó un sujeto que cojeaba de una pierna. Pidió el Times y se llevó la mano al oído cuando le repetí a gritos el precio. El olor a ajo y suciedad que manaba de su sobretodo tardó buen rato en disiparse.
–Grrracias –recuerdo que dijo, acentuando la “r” cuando le entregué el vuelto.
     Una vez que se hubo alejado, posé con disimulo la mirada en una mesa al otro lado del ventanal del restaurante, donde se suponía que iba a presentarse el hombre a quien debía seguir.
     Pegado al Criterion, se levantaba el edificio del teatro de igual nombre. Era temprano, por lo que imaginé que en su interior se estaría ensayando algún concierto, pues entraban y salían personas cargadas de instrumentos musicales. En la calzada desfilaban varios coches de alquiler, la gente se volcaba a las veredas y algún que otro ciclista se aventuraba en el orquestado caos matutino de la gran ciudad.
     Divisé una rata que corría hasta perderse en una alcantarilla. El gato que había estado persiguiéndola se sentó con frustración para observar la abertura.
     Entretanto, sentí un cosquilleo en el cuello como si un insecto me hubiera picado, me rasqué y me acomodé la gorra. La figura que debía seguir había aparecido. Atravesó el umbral del restaurante y uno de los maîtres la ayudó con el abrigo. Después, la guio a la mesa reservada y me dispuse a observarla con disimulo.
     Había algo familiar en ella, lo que me puso en alerta porque el jefe no me había dicho de quién se trataba. Pensé que debía acercarme si quería verle mejor. Cruzar la calzada, para no apercibirle de mi presencia…
     Un nuevo cosquilleo me aguijoneó la sien cuando me disponía a hacerlo. Mareado, perdí el equilibrio y no bien logré reponerme, sucedió algo digno de una pesadilla. Sin el menor aviso, el restaurante estalló por los aires sacudiendo la calle con tal onda expansiva que salí despedido. Los vidrios de los ventanales llovieron en todas direcciones, seguidos de un humo gris.
     Sentí que mi respiración se suspendía y que el pecho se hacía ecos de la detonación en una cascada interminable. Un líquido caliente y viscoso caía por mi frente cuando me erguí.
     Difícil era ver, porque caía un polvillo fino como lluvia estival que todo lo matizaba. La antesala del teatro se había derrumbado. Divisé a varios de los músicos que emergían del edificio en una histeria bulliciosa. Los uniformados de la policía corrían desde las otras calles, haciendo sonar sus silbatos y matracas como autómatas a los que nadie hacía caso. Sus sombreros ovalados se distinguían entre el cúmulo de cabezas que desorganizaba las veredas.
     ¿Acaso Holmes…?, me pregunté, azorado, sin animarme a concluir la idea. Pero ésta pujaba por instalarse. ¿Era posible que hubiese calculado aquella situación y, aun así, me enviara al matadero?
     Pensé en los poquísimos clientes del Criterion, sin duda muertos, incluso el individuo que se suponía debía seguir. Aquello no tenía sentido.
     Refrené mi instinto de observar en dirección al restaurante, temiendo una escena digna de algún campo de batalla. Por entonces, claro, no imaginaba mi destino y el hecho de que en pocos años yo mismo pelearía en una guerra inusitada, de cuyos frentes no era aquél sino un pálido reflejo. Tampoco podía saber que lograría educarme, como soñaba, gracias a míster Holmes. Pero no quiero adelantarme. Tal vez los hechos que llevaron al conflicto bélico más grande conocido hasta esa fecha no se hubieran desatado a no ser por aquel infame mercader del mal que se cruzaba constantemente con mi jefe e intentaba eliminarlo.
     La mañana en cuestión yo no tenía las cosas claras y dudé. “Alguien intentará seguirte, Wiggins”, me había advertido Holmes. Observé alrededor. Una mujer robusta de cofia gris se me acercaba.  ¿De dónde había salido y por qué me resultaba familiar?
–¿Estás bien, pequeño? Deja que te limpie esa herida –mientras hablaba, extrajo de su delantal una jeringa–. No va a dolerte –agregó en susurros.
     Había en sus ojos gélidos un destello felino. Le asesté un golpe en el tobillo y me escabullí antes de que pudiera inyectarme. Gritó pidiendo ayuda pero logré perderla momentáneamente y refugiarme entre los carruajes de una calle lateral. Los caballos se movían asustados, acaso nerviosos por la explosión.
     ¿A dónde se había ido todo el mundo? Recién entonces advertí que casi no quedaba gente en las aceras, excepto una figura que acababa de emerger del polvo al final de la calle, inalterable y soberbia: Próspero, el discípulo más avezado de míster Moriarty, el enemigo acérrimo de mi empleador.
     La situación tenía ribetes de espanto, me dije. Los dos habíamos pasado por el hogar de huérfanos. Él era unos pocos años más grande que yo y, desde mi llegada a  aquel condenado sitio, se había dedicado a hostigarme. Por las noches, escapaba del dormitorio comunal y realizaba experimentos con los animales que cazaba en los recreos entre clases: una paloma, un roedor. Ninguno escapaba a su navaja cruel. Después, utilizaba los cuerpos mutilados para atormentarnos, dejándonoslos en las sábanas o en los armarios, con notas intimidatorias: “Pronto seguirás tú, Wiggins”, o “Te sacaré los ojos igual que a este pajarraco”.
     Otro de sus deleites era producir fuego. Una vez había incendiado la oficina del director y el humo se había propagado por toda el ala oeste del edificio, amenazando con asfixiarnos. Temí que su mano, ahora más poderosa y sofisticada, estuviera detrás de la explosión. Porque Próspero odiaba al mundo entero (y en particular a mí).
     Tuve la seguridad de que así era, que había tenido que ver en el asunto, cuando su rostro me buscó y nuestras miradas se encontraron. Había placer en la suya.
–Parece que tu amo no es tan poderoso después de todo –saludó con sarcasmo.
     Intenté correr pero se adelantó, no sé cómo, y me tomó por el cuello de la camisa con una fuerza imposible.
–¡Déjame! –grité, intentando zafarme.
     Mis pies se agitaban en el aire como los de un muñeco de trapo. No había nadie para socorrerme. Una sirena lejana rompía el silencio sepulcral.
–Mételo de una vez en el carruaje –ordenó, otra vez visible, la mujer que había intentado inyectarme–, antes de que se le pase el efecto de mi dardo.
     Su cuerpo rollizo nos empujó hacia uno de los coches detenidos. Abrió la portezuela y se introdujo. Luego extendió los brazos y me tomó de manos de Próspero, sin que yo dejase de patear inútilmente.
–Ahora escúchame bien, sanguijuela –me amenazó, en tanto que mi antiguo compañero se trepaba al pescante–: si no te quedas quieto lo lamentarás porque voy a retorcerte ese pescuezo mugroso que tienes. ¿Está claro?
*** 
Nos detuvimos en la entrada de carruajes de una mansión imponente.
–¿Qué llevas ahí, muchacho? –la mujer se refería a mi zurrón.
     Próspero, que había descendido ya, abrió la portezuela y me lo arrebató para entregárselo a su jefe, quien aguardaba en el umbral. Nunca antes lo había visto frente a frente y me asombró que tuviera una mirada afable y el aspecto de un hombre común de cierta posición, trajeado con elegancia.
–No son más que tonterías –dijo, devolviéndomelo. –Llévenlo a la cámara uno y acabemos de una vez.
     La mujer palideció:
–¿Tan rápido, mi señor?
–Quiero asegurarme de lo que sabe.
     Entonces sí sus facciones, antes inexpresivas, se endurecieron. Mi antiguo compañero me empujó por un oscuro corredor y una escalera descendente.
–Si entiendes lo que es bueno –se mofó en mi oído–, le dirás al amo lo que quiere saber.
     Aunque, estaba seguro, a él le hubiera encantado que me resistiera para tener la excusa de maltratarme. Porque aquello, comprendí más tarde, había sido una auténtica cacería, con todo y trampa, en la que yo había caído ingenuamente, como las palomas o los roedores.
    La cámara en cuestión resultó ser una pequeña habitación circular cuyas cuatro paredes estaban cubiertas de espejos. La única luz era artificial y provenía de una lámpara de gas. El suelo era de baldosas y, como se me obligó a quitarme los botines, comprobé que estaba helado.
     Próspero me dejó allí y desapareció. La puerta espejada se cerró desde fuera, la luz descendió y tuve la sensación de que la habitación giraba como un tiovivo. Oí el estruendo de una nueva explosión y caí al suelo, del mismo modo que lo había hecho en la calle. Sentí nuevamente el líquido viscoso que me corría por la frente pero al regresar la luz a su habitual intensidad, los espejos y yo estábamos intactos.
     ¿Qué demonios me pasaba? Sonó una sonora carcajada pero no dilucidé su procedencia. Después, se le sumó el chirrido de un mecanismo activándose y el arrastrar de… ¡Paredes! Con horror vi que éstas se movían y que el radio de la circunferencia en la que me encontraba se iba achicando.
–¡Nooooo! –grité.
     Unos segundos más de aquel suplicio y todo se detuvo. Una sombra humana se contorneó en la superficie azogada, a mi derecha.
–¿Quién es? –quise saber–. ¿Qué busca?
–Respuestas, desde luego –respondió en tono socarrón.
     Mi mano buscó afanosa (e inútilmente), la sangre en la frente.
–Ya no distingues lo que es real de lo que no, ¿verdad? –rio la figura–. No puedes confiar en tus sentidos.
     La luz disminuyó.
–Toma ese reloj que tienes en la bolsa, pequeño.
–No funciona.
–¡Haz lo que te digo!
     Mi mano rebuscó en el interior del zurrón hasta hallar el objeto.
–¿Qué hago con él? –pregunté.
–¡Ábrelo!
     Así lo hice. Removí la tapa y observé que las manecillas giraban en el sentido contrario al que debían. En las paredes se sucedieron imágenes de manera alocada, como si efectivamente me encontrara en un carrusel que de a poco perdía velocidad y se detenía.
–¿Dónde…? –balbuceé–. ¿Cómo es que usted sabía…?
     La figura ya no estaba. Los límites entre los espejos se habían vuelto invisibles y ante mí se erguían una puerta y una pared de ladrillos sobre la cual había un cartel de metal que anunciaba que funcionaba allí un orfanato. El mismo, desde luego, del que me había escapado.
–¿Qué haces en el umbral, Wiggins? –me llamó la voz del director.
     Giré para observarle junto a la ventana del primer piso y vi que tenía en la mano la palmeta de madera con la que planeaba hacerme pagar mi osadía.
     Intenté correr pero el vidrio frío me recordó que se trataba de una ilusión. Otra vez se escuchó el sonido del mecanismo activándose, el círculo que entonces se ensanchaba y la pared girando hasta tomar velocidad. El reloj vibraba en mi mano y sentí mucho vértigo porque el suelo comenzó a moverse bajo mis pies mientras que las imágenes a los costados se sucedían confusamente.
    “Es una fantasía”, pensé, “un engaño de mi mente”. Pero a medida que la estructura giraba, me sentía más y más débil, propenso a desesperar. El reloj seguía marchando a contratiempo. Presa de un impulso, detuve una de sus manecillas con el dedo índice y sentí la presión que hacía el metal contra la piel, a punto de cortarla. Inesperadamente, el giro de la habitación disminuyó hasta detenerse. En la pared, los espejos reflejaban mi cuerpo multiplicado desde ángulos diversos.
–¿Qué hace? –le oí decir a Próspero–. ¡Eh, tú, insecto, suelta eso!
     Comprendí que era a mí a quien hablaba, aunque no podía verle. Su voz llegaba tergiversada y lejana, como si proviniera del otro lado del espejo. Yo era pequeño e ignoraba las leyes de la física, la utilidad de un imán o la existencia de la fuerza centrípeta. (Holmes me lo explicó tiempo después, entre otros detalles de aquel episodio que entonces se me escapaban. Y sin embargo, no pudo dar cuenta de todo.)
     Sosteniendo aún la manecilla, busqué sin éxito una rendija entre los espejos.  La fuerza del metal era mucha y hube de soltarla. Todo comenzó a girar con más velocidad. Un repentino mareo me hizo trastabillar. El suelo se abrió y fui tragado por un corredor angosto de bordes rugosos que lastimaron mis codos y rodillas.  El estrépito final, al tocar tierra, produjo un eco vago.
     Agucé el oído porque a decir verdad no veía nada. La oscuridad reinaba en el ambiente húmedo y un goteo constante acompañaba los sonidos de mi respiración. ¿Cuánto tiempo pasó desde que caí hasta que intenté levantarme? Quizá minutos. Tal vez horas.
     Lo que sucedió al cabo, sin embargo, lo retengo vagamente: un dolor punzante en mi cabeza y el tambaleo de piernas hasta que perdí el sentido. Después, el escozor que me produjo la bofetada en la mejilla izquierda que me dio Próspero y el temblor con que emitió sus palabras:
–A ver si se nos muere, mi señor.
–Cierra la boca y vámonos.
     Giré la cabeza. Una luz me daba de lleno en el rostro y tardé en acostumbrarme a tener los ojos abiertos. A medida que me enderezaba, disminuyó su intensidad. Tenía hambre. Me hallaba en una silla, libre de moverme, aunque mi cuerpo cansado tardaba en reaccionar. Intenté ponerme de pie, sin éxito.
     La imagen de Holmes acudió a mi mente con una nitidez aterradora. “No tiene idea de dónde estoy”, pensé. Estaba seguro, al fin, de que había sido presa de un engaño y que el hombre que me había entrevistado en el callejón para entregarme las herramientas y proponerme la misión no había sido él. Estúpido de mí, me recriminé, por picar el anzuelo. Sus enemigos me tenían cautivo y debía de ser con algún propósito.
     Tenía que escapar. Este nuevo pensamiento me dio fuerzas para erguirme e intentar sostener el peso en las piernas.
–¿Qué pretendes, niño? –inquirió una nueva voz que, sin embargo, no me resultó extraña.
–¿Dónde estoy? –quise saber–. ¿Quién eres?
–Y uno esperaría que no me hubieras olvidado…
     Su rostro emergió de las sombras y lo reconocí. Era el portero del orfanato. Las arrugas del rostro y los pómulos huesudos estaban intactos, aunque su cabello blanco, considerablemente más largo y desgreñado.
–¡Señor Byrne! –suspiré–. ¿Qué está haciendo usted aquí?
–Lo mismo que tú –admitió.
     La última vez, él había hecho la vista gorda para que me fugara.
–Lo tienen cautivo –afirmé con asombro.
     El asintió, temeroso. Se llevó un dedo a los labios y me indicó que callara.
–Ese malvado compañero tuyo te ha entregado a Moriarty –me explicó en susurros.
–No es a mí a quien quiere sino al hombre para quien trabajo –tirité–. ¡Hace frío en este lugar!
–Es un sótano. Y no saldrás de aquí, si es que lo haces, hasta que les des lo que quieren.
–Pues no sé de qué se trata. Y si lo supiera, tampoco se los daría, señor Byrne.
–Tiene que ser información –se encogió de hombros y noté que su camisa tenía varios agujeros–. ¿Por qué no? Al menos salvarás el pellejo. Lo peor que puede sucederte en ese caso es que el señor te reclute para su pandilla de ladronzuelos. –Su voz se le endureció cuando agregó lo siguiente–: Pero si te reúsas, puede que te mate. Lo he visto hacerlo muchas veces y no creo que se detenga porque seas un niño.
     Me estremecí. Nadie, excepto el señor Holmes, me echaría en falta. Y eso, después de varios días. ¿O acaso se habría percatado ya de mi ausencia? Sacudí instintivamente la cabeza, negando para mis adentros pues no lo creía probable. En especial si se encontraba inmerso en alguna de sus investigaciones. De hecho, a veces él mismo desaparecía durante cortas temporadas, ¿por qué iba a pensar en mí, con todo lo que tenía siempre en mente? Si al menos pudiera avisarle…
–¿Está seguro de que no hay forma de salir? –recordé el zurrón y se me ocurrió una idea.
     Tomé la polvera que olía a vieja coqueta, abrí la tapa y capté mediante el espejo el hilo de luz tenue que llegaba de la superficie, para proyectarlo contra la pared. Fui girando lentamente, hasta dar con una rejilla enorme, en un rincón, por cuya abertura podría pasar, al menos yo, si me esmeraba.
–Sostenga esto –le pedí al anciano.
     Cambiamos lugares. Eché mano del compás al que le faltaba un brazo y con la punta metálica fui girando los tornillos hasta desprender la reja por completo.
–No deje de iluminarme –agregué–. Si lo logro, volveré por usted.
–Adiós –se despidió, triste.
     Me introduje por el agujero y acabé en un túnel en el que las ratas deambulaban a sus anchas, rozándome al pasar. Escuchaba el chistido desagradable que hacían, como si conversaran sobre mi presencia, pero casi no podía verlas porque el reflejo de luz se extinguía con mi avance. Hasta que quedé en la oscuridad completa.
     Un grito del anciano me alertó:
–¡Apresúrate, pequeño, que van tras de ti!
     Sus palabras me sofocaron (o acaso la falta de aire en aquel condenado espacio fue la responsable). ¿Cómo era posible que me aquello estuviera sucediendo? La luz de una linterna de mano a mis espaldas me convenció de que era cierto.
–¿Con que intentas escapar? –rio Próspero–. No sabes dónde te has metido, renacuajo.
     Entretanto, un rugido tremebundo se dejó oír más adelante. La luz mortecina de mi perseguidor me mostró la bifurcación del túnel. Debía tomar por una de dos aberturas y rogar que él siguiese la otra. ¿Pero de dónde venía aquel sonido bestial?
    Tomé por la derecha. Un nuevo haz de luz se proyectó desde el fondo y me ilusioné con que proviniera de alguna salida. Tenía las rodillas lastimadas por el ascenso. Cada tanto, el sonido de un roedor a mi lado me recordaba que no estaba solo. Me apresuré, temiendo ser alcanzado. El rugido se potenciaba con mi avance pero yo sabía que no podía regresar. De modo que continué. La luz se hacía más intensa y también los sonidos, hasta que el origen de ambos se me hizo evidente: una nueva rejilla, en el techo que coronaba el fin del corredor, me dejó ver el acceso a una recámara de ladrillos anaranjados. En una de sus paredes habían encadenado al enorme cuadrúpedo de ojos eléctricos como rayos que rugía por liberarse; un verdadero animal de bestiario, mitad perro y mitad felino, de gigantes proporciones y un larguísimo pelaje. Sus garras parecían navajas que dejaban en el suelo una marca imborrable.
     ¿Y ahora qué?, me pregunté. A mis espaldas escuchaba que mi perseguidor se aproximaba. Debía de haber llegado a la bifurcación. Si me daba alcance, probablemente iba a matarme. Conocía bien su espíritu violento y resentido. Por otro lado, la bestia estaba encadenada. ¿Qué tanto daño podía hacerme?
     Eché mano del compás y giré las tuercas de metal hasta aflojar la rejilla lo suficiente para introducirme por su abertura. Pero esta vez, tuve el reparo de volver a enroscarlas. Aunque el animal rugía y luchaba ferozmente por acometerme, esperé y giré las tuercas en sentido contrario, para que mi perseguidor tuviese más trabajo. Después, bordeé la pared rodeando a la fiera hasta llegar a la enorme puerta que parecía ser de un calabozo más que de una habitación. Estaba cerrada.
     Nuevamente, me valí de la punta metálica del compás y agradecí mi formación callejera y los conocimientos prácticos del funcionamiento de las cerraduras. Aunque demoré más de lo esperado, logré reconocer el “click” del pestillo en retroceso, giré con delicadeza el picaporte, para no anunciar a los cuatro vientos mi logro, y me colé por el vano, ilusionado con recuperar la libertad.
     Sin embargo, faltaba salir de la mansión. Ganar la calle y encontrar a Holmes. A cada paso que daba, temía toparme con Moriarty o sus secuaces. Si escuchaba voces, me apresuraba a esconderme. Hasta que reconocí, luego de dar interminables vueltas por pasillos que se hacían un laberinto, el recibidor por el que habíamos entrado a la mansión con Próspero y la mujer de la jeringa. Estaba a un paso de salir de allí, celebré. ¡Lo lograría!
     Y así fue. Aunque no del modo esperado.
     La propiedad se encontraba en las afueras de la ciudad, rodeada de parque. Me precipité por el camino, atento a todo vehículo que saliera de ella con intención de apresarme. Al rato encontré la carretera y logré colgarme de la parte trasera de un coche de alquiler. Bajé de él  al llegar el centro londinense. Me escabullí en el mapa de calles que bien conocía y deambulé hasta Baker Street.
     Atardecía. Ignoraba cuánto tiempo había permanecido cautivo. El hambre me carcomía y recordaba haber estado algún tiempo inconsciente. La acera estaba igual de transitada que como la recordaba y nada parecía fuera de su sitio, lo que me tranquilizó.
     Hice sonar la aldaba. La señora Hudson tardó en responder.
–¿Tú? –inquirió, sin ocultar su disgusto–. ¡Desde luego! Sólo esto faltaba. Siempre apareces cuando Holmes está en problemas.
     Le pedí que me dejara entrar, temiendo que los emisarios de Moriarty hubieran advertido mi ausencia. No había olvidado la promesa hecha al viejo portero del orfanato. Cuando antes hablase con Holmes, mejor. Él sabría qué hacer.
–No está aquí –me anticipó la casera–. El doctor Watson y él han desaparecido. Alguien entró hace dos días y revolvió sus pertenencias. De haber estado presente, no puedo imaginarme lo que me hubiera sucedido. ¡Han destrozado todo!
     Los ojos se le anegaron.
–¿Avisó usted a la policía? –le pregunté.
–Ese hombrecillo inútil, Lestrade, vino la tarde misma que encontré la casa revuelta, pero no sacó nada en limpio.
     Acabado el diálogo, se apiadó y me dejó pasar.
–Te ves muy mal, pequeño. Tus rodillas están sangrando, vas descalzo por la vida y deberías darte un buen baño.
     Pero yo no tenía tiempo para eso. En cambio, la convencí de que me dejase revisar las habitaciones del jefe, en busca de  algún indicio.
     Efectivamente, el sello de Moriarty podía advertirse en el desbarajuste. Habían arrancado el papel de las paredes, roto el granito de la chimenea, abierto cajas, deshojado libros, rasgado los colchones y el sofá.
–¿Qué crees que buscaban? –preguntó la anciana.
     Yo me encogí de hombros a modo de respuesta. Lo que fuera, esperaba que no lo hubiesen hallado. La prueba era que Holmes y el doctor no estaban, que se los habían llevado porque todavía necesitaban de ellos. Quizá los tenían cautivos en el mismo sitio del que me había escapado, pensé. Podía buscar a Lestrade y guiarlo hasta allí. ¿Pero me seguiría?
–Pues si Holmes y el doctor están en peligro, deberíamos averiguarlo –insistió ella–. ¿No crees?
     Jamás la había visto así, tan dispuesta a meterse en las cuestiones de sus inquilinos. Sabía que apreciaba a Holmes y a Watson, pero la creía incapaz de inmiscuirse del modo en que lo hizo, revolviendo los despojos de sus pertenencias y buscando denodadamente algún indicio de lo que fuera que pudiese ayudarnos.
–¿Se te ocurre alguna cosa, pequeño?
     Negué con la cabeza.
     Entonces, en el momento que menos lo esperábamos, Holmes atravesó el umbral de su habitación.
–¿Sería usted tan amable, estimada señora Hudson, de explicar qué diablos está haciendo con mi juego de pipas?
     Detrás de él asomó el rostro cansado del doctor, quien se arrojó en el sillón de orejas de la sala.
–Pensé que no contábamos el cuento –se quejó y enarcó las cejas al verme–. ¿Qué haces tú aquí?
     Recién entonces, Holmes recuperó su habitual porte y me observó achinando los ojos como solía. Me invadió una alegría serena. Ahora, pensé, todo estaría bajo control. Las cosas volverían a su cauce. Los dos habíamos escapado de Moriarty y él sabría qué hacer. Sonreí y Holmes lo advirtió con asombro.
–Siéntante, Wiggins –ofreció.
     Los dos lo hicimos. Yo, en el sofá destartalado. La señora Hudson se ofreció a preparar un poco de té y budín y nos dejó solos a los tres. Las palabras brotaron de mi boca, desordenadamente. Les conté lo que había sucedido desde la noche en que, engañado, había tomado a Moriarty por mi jefe y caido en su trampa. Le hablé del Criterion, las explosiones y el secuestro.
–Sin duda te han inyectado alguna droga alucinógena –concluyó Holmes–. El Criterion sigue en pie y nada de lo que mencionas ha sucedido. Hace tiempo que sé del reclutamiento de niños desamparados para engrosar las filas del hampa. En cuanto a la bestia, es posible que exista, puesto que nuestro enemigo viene experimentando hace tiempo con animales. Cruza especies de un modo que la ciencia todavía no se explica. Crea monstruos, en busca de una raza indestructible que, a la vez, pueda ser manipulada.
     Suspiré al recordar los rugidos lastimeros.
–Moriarty tiene una idea fija –agregó mi empleador–. Todo lo demás, las criaturas de laboratorio, los escuadrones delictivos, apuntan a que pueda cumplir su verdadera misión de dirigir el mundo.
–Alto Holmes –lo detuvo Watson, cauteloso–, ten cuidado con lo que le cuentas al muchacho...
–¿Qué dices? –lo interrumpió el jefe–. Wiggins es de mi entera confianza. Jamás nos traicionaría, ¿no es cierto, pequeño? –me sonrió.
     Yo me sentí halagado. La verdad era que él se había convertido en lo más parecido a un padre que pudiera tener. Lo que decía era verdad. Hubiese dado mi vida si con ello lo salvaba a él.
–Ahora, mi estimado Wiggins –agregó palmeándome la cabeza y desordenando luego mis cabellos–, ¿recuerdas aquel código que te hice memorizar hace tiempo y que te pedí le transmitieras a mi hermano Mycroft si algo me sucedía?
–Usted dijo que debía asegurarme de ver su cadáver antes de buscarlo a él –balbuceé.
–Exacto –reconoció Holmes, sonriente–. Muy bien dicho. Ése mismo código. Necesito que me lo repitas ahora.
     Extrajo del bolsillo de su saco un papel y un lápiz y enarcó la ceja izquierda, como siempre que aguardaba algo con impaciencia.
–¡Pero míster Holmes…!
–El número, Wiggins –insistió–. Es capital que me lo des, pues he olvidado algunas cosas y lo necesito esta noche.
–Hemos sido sometidos a un trato brutal, muchacho –lo secundó Watson–. Es normal que uno se olvide de algunas cosas. Puedes estar tranquilo de que todo está en orden.
     También él me sonrió, pacientemente. Oímos un golpeteo en la puerta tras lo que apareció la señora Hudson con una bandeja en la que humeaba por el pico una tetera y sobresalía el prometido budín de chocolate. Holmes le indicó que la dejara en una mesa y esperó a que se retirase para continuar.
–Entonces, pequeño, acabemos ya con el asunto y tomemos el té –dijo, expectante.
     Posé los ojos en su rostro y luego en las tazas apiladas sobre la bandeja, así como en el budín. El estómago me crujía. El cerebro se sobrepuso, no obstante, y me indicó que algo no andaba bien. Temía traicionar la confianza de Holmes dándole lo que pedía. No era la primera vez que él me probaba, para darme una lección de sensatez. Pero aquél no parecía ser el momento adecuado para uno de sus sermones, pensé. No cuando todavía ni él mismo se había repuesto de la golpiza que atestiguaban los moretones en su rostro y el del amable doctor.
     Hacia el último desvié la mirada, cuando algo en la pared llamó mi atención. El papel, arrancado por quienes habían irrumpido en la habitación y hecho jirones, no era del color que debía. Yo había estado días atrás en esa misma habitación y la conocía como la palma de mi mano. Sabía perfectamente que Holmes detestaba el color morado y que su empapelado era de un bordó del que llamaban borravino.
     Tardé apenas uno o dos segundos más en caer en la cuenta de lo que pasaba. Volví a mirar a Holmes a los ojos y descubrí que su expresión no era ya suya, sino que actuaba como un títere, lo mismo que su compañero, porque no eran quienes pretendían ser.
     Quise escapar, pero la ventana que debía dar sobre la calle Baker tenía cerradas las cortinas. Caminé hacia ella y advertí que se había hecho de noche o que nunca había brillado el sol allí, sino en los desvaríos de mi imaginación.
     Me arrojé sin más contra la pared del empapelado erróneo, con toda la fuerza de la que fui capaz.
–¿Qué demonios hace? –soltó Watson, ahora con la voz de Próspero.
     El encantamiento se rompía. Volví a cargar contra la pared, aunque con mayor impulso, extrayendo del zurrón (del que jamás me había deshecho) el compás. La golpeé con la punta metálica y vi resquebrajarse lo que acabó siendo el vidrio del espejo. La habitación recuperó gradualmente su imagen real: jamás había salido de la recámara circular.
–¡Niño imbécil! –gritó el falso Holmes que a mis ojos recuperó la fisonomía del viejo Moriarty–. Acabaré con tu miserable vida –amenazó–. Ya me has cansado. Ahora me dirás ese código aunque tenga que despellejarte lentamente,  ¿lo oyes?
     No tenía escapatoria, pensé. Todo había terminado. Sentí su mano como garra apoderándose de mi antebrazo. Me arrastró hasta el sillón destartalado y me amarró a él con una soga que le alcanzó la falsa señora Hudson quien había recuperado también su rostro habitual: el de la mujerona de la jeringa.
–¡Dinos la combinación! –exigió Moriarty.
     Sentí el filo de un cuchillo frío sobre mi garganta.
–Mátelo ya, jefe –aplaudió Próspero y se quitó enseguida los mostachos que habían pretendido ser del doctor Watson.
–¡Habla! –el filo me arrancó una gota de sangre.
     Sentí la humedad que se expandía por mi piel. Esta vez, cierta.
–Hazlo niño, por favor –se apiadó la mujer.
–¡Di lo que sabes y sálvate! –el viejo portero, que era real, se sumó al ruego.
     Entonces, sucedió algo que tomé por imaginario pero que sin embargo no lo era. Una explosión, ahora efectiva, hizo retumbar buena parte de la mansión de la que nunca había escapado.
–¡Wiggins! –oí llamarme a Holmes.
–¡Aquí! –grité instintivamente.
     El cuchillo apretó más, pero ya era tarde. La puerta se abrió con estrépito y los hombres de Lestrade se arrojaron sobre mi atacante, quien soltó el arma y retrocedió.
     Detrás de aquéllos, el mismo comisario de Scotland Yard fue seguido por mi jefe y el doctor Watson, (los verdaderos). Este último acudió a mi lado y me vendó la herida con su pañuelo. El té, noté sediento, seguía humeando en la tetera.
    De más está decir que Moriarty escapó de la comisaría antes de que pudieran interrogarlo, que Próspero apareció muerto en la celda y los demás se declararon culpables de todo, incluido el portero.
–Jamás le hubiera dado lo que me pedía –le confesé a Holmes la tarde siguiente.
–Lo sé –me aseguró.
     Dijo que había notado mi falta la noche misma en que yo había creído estar con él y no con su enemigo.
–¿Pero por qué Moriarty no lo secuestró entonces? –protestó Watson–. ¿Por qué el engaño del Criterion y lo demás?
–Porque sabía lo que nosotros también sabemos –razonó el detective–. Que nuestro Wiggins jamás le daría lo que quería, a menos que fuese engañado. Debía pasar por todo aquello para creerse a salvo y a nosotros en peligro. Tenía que pensar que era a mí verdaderamente a quien le daba la información. Moriarty es, entre otras cosas, un mediocre ilusionista –decretó por último, reclinándose en el sillón.
     El humo gris que había exhalado tras aspirar de su pipa nos envolvió como una nube.
–¿Mediocre? –protestó el doctor.
     Holmes rio con sarcasmo.
–Sólo un desprevenido se dejaría engañar por sus trucos –fijó en mí la mirada con benevolencia. –Nuestro valiente y prometedor Wiggins no lo hizo.
     Años después, cuando comenzó la guerra y me encontraba yo en el frente, supe por una carta de míster Watson que lo que habíamos protegido por años, con tanto celo, era la fórmula de una poderosa arma química que Moriarty pensaba vender al mejor postor y que el Kaiser había intentado obtener sin éxito; no la combinación de una caja fuerte o el número de un expediente. Yo había sabido sólo las primeras letras y números. El resto obraba en el poder de Mycroft, el hermano de mi empleador. Debía unirse las dos partes para obtener su totalidad.
     Me sentí honrado de haber sido el depositario de la confianza de Sherlock Holmes.

Mercedes Giuffré. 14 de diciembre de 2015.
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