Operación Stanbrook

En 1939, en las últimas horas de la cruenta Guerra Civil Española, poco antes de que las tropas moras entrasen en la ciudad de Valencia, al mando del fascista general Gambara, zarpó un barco carbonero británico cuyo capitán se apiadó de los miles de civiles y de militares que iban a ser masacrados y los dejó abordar, salvándoles la vida. Después de un largo periplo de parias, estos “refugiados” a los que nadie quería dar asilo fueron “acogidos” de malagana por el gobierno colonial francés de Argelia en campos de concentración, que al pasar a manos del colaboracionismo, después del armisticio con los nazis, adoptaron algunos de los métodos de éstos.
    Mi tío-abuelo José fue uno de esos refugiados. Había peleado para defender la República Española y acabó esclavizado en las arenas del Sahara. Lo liberaron, como a los demás, los ingleses y los norteamericanos en el 42, cuando entraron en África y torcieron el curso de la guerra. Mi tío abuelo y muchos otros se unieron al ejército francés libre de De Gaulle para seguir combatiendo al fascismo. Algunos liberaron París. Otros pelearon en el frente africano. Todos fueron olvidados. Yo misma desconocía la historia hasta que un parcial del posgrado me recordó una vieja caja de recuerdos familiares y encontré las fotos que me llevaron a investigar. El alma se me congeló de la tristeza y la vergüenza por el olvido al que habíamos sometido a aquella gente.


    El año pasado, un grupo de descendientes con los que entré en contacto preparó una reconstrucción del viaje de la nave que zarpó de Valencia bajo las bombas de la aviación italiana, la de nuestros antepasados, el Stanbrook. Me invitaron a viajar con ellos pero yo no podía faltar al trabajo ni costearme los gastos. Aunque juro que fui en espíritu y lloré por no estar en ese barco en carne y hueso.
    Hace unos días recibí por correo el libro que esos mismos descendientes prepararon con las fotos de nuestros parientes, las del barco original y las de la reconstrucción de la travesía. Junto a la de cada pasajero, pusieron la foto de algún descendiente vivo que reclame su memoria. Por mi parte, la descendencia es oblicua, se entiende, pero no hay nadie más. Así que tuve el honor inmerecido de acompañar a José en este último viaje. Lo he hecho también desde la ficción, en una novela que todavía permanece inédita, espero que no por mucho tiempo.





    Estoy muy emocionada y orgullosa. Y como no creo en las casualidades, el mismo día que recibí el libro, leí que la Argentina va a recibir a 3000 refugiados sirios y no puedo más que apoyar eso. Me importan, no los políticos que buscan quedar bien, sino esas personas que nadie quiere, que están en la misma situación en la que estuvieron, hace casi ochenta años, muchos europeos.

Mercedes Giuffré
Buenos Aires, 17 de julio de 2016