Crazy (relato)


Ayer fui a ver libros a una de esas librerías enormes de cadena. Confieso que me gusta subir y bajar entre largas bibliotecas, como en un laberinto. Aunque la mayoría de las veces compre en las pequeñas librerías del barrio porque conozco a los libreros (y porque si no lo tienen, me consiguen lo que busco).

    Hurgaba entre las novelas, con dos libros que había seleccionado bajo el brazo, cuando noté que una señora luchaba con el lector de la computadora autoservicio para que le leyera el código de barras del ejemplar cuyo precio quería averiguar. Me acerqué y le ofrecí mi ayuda... De ahí en más, no volví a tener paz. A un libro lo siguió otro y otro, y otro.   Aunque le expliqué cómo tenía que colocar el código bajo la luz roja, ella prefería que lo hiciera yo, con dos, tres, diez libros, hasta que sus ojos se posaron rapaces en los que yo iba a llevarme y me los arrebató. De golpe y porrazo, descubrió que los quería y que sólo quedaban esos ejemplares. 
    Sentí que me brotaba el enojo y se los arrebaté a mi vez. Y acabamos pujando cada una por quedárnoslos, pero logré escapar y me arrojé a las escaleras mecánicas con el trofeo a cuestas. Esperé en el piso de arriba, entre los textos de yoga y de meditación, hasta que me pareció prudencial volver. Nadie en su sano juicio me aguardaría como cancerbero en la boca de la escalera. ¿O sí?    
   Pero ahí estaba la mujer cuando puse otra vez los pies en la planta baja. Volvió a acosarme con que quería la novela de Dai Sijie que yo me llevaba (y que minutos antes desconocía). "La quiero porque la eligió usted", me confesó casi llorando. "Porque se nota que usted sabe lo que quiere y yo no". 
    Pensé en dársela, temerosa de su arrebato de loca, pero apareció una vendedora que lo había visto todo y me ayudó, diciéndole que no estaba bien lo que hacía, y pidiéndome disculpas. 
   Corrí a la línea de cajas y, ya en la cola, la mujer se me echó encima varias veces, picotéandome y queriendo ver el nombre del autor para anotarlo en una libreta. ¿Es chino? ¿Y el otro libro? 
    Pagué y salí a los piques, dándome la vuelta mientras cruzaba Cabildo, por miedo a que me siguiera. 
   Mientras esperaba mi ticket, otra clienta de la cola me había susurrado al oído: "¿No se dio cuenta de que ésa es una farsante? La máquina nos reconoce a los que leemos mucho".



Mercedes Giuffré
24/feb/2017