Silencio

No suelo escribir sobre películas y menos en este blog, aunque a mis estudiantes de la facultad los apabullo con recomendaciones de clásicos, desde el cine mudo al neorrealismo italiano y Woody Allen. Me salgo de la norma hoy para recomendar "Silencio", lo nuevo de Martin Scorsese, basada en la novela del japonés Shusaku Endo.
     Me pasó con este film que salí de verlo con una sensación extraña de estar frente a algo que, como esa semilla que dice Cortázar sobre el cuento, va germinando después de un tiempo en el interior del lector, en este caso del espectador. La sensación, insisto, de que había en él más que la historia o anécdota que despliega. 
     La imagen es impactante. Algunas escenas, especialmente las del mar, son hermosas. Otras son terribles, durísimas, tristes, pero impecables. Las actuaciones, excelentes todas, desde el inquisidor japonés y su sarcástico asistente, hasta el personaje encarnado por Liam Neeson, un jesuita portugués apóstata, que aparece poco pero con su rostro hace lo que quiere. La historia es interesante. Rara. Habla del fracaso de la evangelización católica en Japón, del quiebre de dos sacerdotes torturados, del autoritarismo en nombre de la fe, de la ingenuidad y la arrogancia, de la Inquisición y también de lo que es, así como de lo que no debería ser jamás la religión. (Si se cambia al inquisidor budista por uno cristiano, en la misma época, la historia funciona de igual modo). 
     Pero la trama y sus derroteros van más allá y se transforman en una alegoría. Al igual que con "Kundún", también de Scorsese, que se centra en la historia del Dalai Lama, el cuestionamiento no pasa por la verdad de tal o cual creencia religiosa sino por el ser humano y el valor de la persistencia cuando una vocación "X" y una convicción son profundas. 



     Pensé por mi parte en aplicar el mismo esquema al arte, a la vocación del artista frente a un mundo que descree del valor de su oficio como elevador de la humanidad enfangada en la dialéctica mercantil que todo lo vuelve banal. ¿Cuánto puede durar una vocación cuando la vida se convierte en una tortura, cuando la pobreza apremia, cuando la soledad se impone ante la incomprensión de los otros y todo cuesta infinitamente más que si uno elige el confort de la profesión liberal y el pensamiento unidireccional? ¿Están dispuestos a pasar por eso quienes sólo buscan fama o reconocimiento? El mercado, el sistema, la mentalidad cómodamente aburguesada y la mediocridad llevan a convertir, no siempre por suerte, la vida de algunos artistas en un verdadero calvario. Otros, no obstante, triunfan por sobre todo eso y a pesar de eso, o incluso gracias a eso (entiendo por triunfar el hecho de que siguen adelante, persisten, aunque, como los sacerdotes de la película, tengan que engañar al sistema haciéndole creer que se ha salido con la suya). El precio, desde luego, suele repercutir en ellos a la corta o a la larga. Sabemos del detrimento físico, de la locura y la decadencia en la que muchos artistas culminaron sus días.
     Resulta irónico ver esta película con su profundidad manifiesta junto a éxitos de taquilla como "La la land" por la que nada en absoluto tengo que decir. Scorsese va a contramano. Filma lo que se le da la gana, como corresponde, lo que está madurando en su cabeza con libertad auto-concedida y con la duración que se le antoja, sin preocuparse de que le den premios o reconocimientos, lo critiquen o no vayan a ver sus películas. Porque a esta altura, Martin Socrsese no tiene que probarle nada a nadie. Cambia de "Pandillas de New York" a "Kundún" y hace lo que quiere. Y, en lo que a mí respecta, es un aliciente en los tiempos miserables que corren.